Segunda parte. ”Te adoro”.

Salió corriendo, gritando y haciendo aspavientos, y llego al cuarto de Ana. Su hija. Se habían llevado bien siempre. Ana era como ella. A ambas las gustaba vivir bien, tener montones de ropa y hombres que las adulasen al pasar, susurrándoles en el oído cosas que nunca en la vida conseguirían. Sofía se sentó en el sillón que Ana tenía en su cuarto de piel de leopardo. A esperarla. A que llegasen ella y los otros dos. En realidad solo quería verla a ella, era la alegría de su vida. Se reclinó y miró al techo. Había una foto de su hija y su novio Juan. Se lo regaló él cuando hicieron dos años y medio. Cuando Sofía lo vio colgado se frotó las manos pensando en el bodorrio que organizaría si aguantaban un par de años más. De repente se sintió incómoda, pero se dijo que no podía ser, porque al igual que pasó con el chicle serían demencias e imaginaciones de un fantasma. Pero no. Era una foto de la mejor amiga de Ana, Cris, más bien ‘Cristinita’. Estaba como rayada, y alrededor de su rostro había un corazón enorme, como garabateado. Sofía, comenzó a asustarse. Empezó a abrir armarios, cajones, a buscar entre la ropa. Abrir, abrir no los abría, ya que tenía una vista nueva. Encontró cartas, e-mails en el ordenador. Su hija. Su preciosa niña. No le daría nietos en la vida. No la conocía, se había vuelto de pronto una extraña.
Avanzó como loca entonces por el pasillo de la casa. Vio a Karina entrar en el dormitorio de su marido. Ahora era la menor de sus preocupaciones. Entró en el cuarto de los gemelos. Se oyó un estruendo. Acababan de llegar los chicos, mucho antes de lo esperado, probablemente habían recibido la noticia. Vio a Ana, tan como siempre. Pero ya no era la misma. Sofía se dijo, y se maldijo. La tendría que querer igual, fuese como fuese. Pero no era así. Vio en sus ojos una tristeza extraña, pero un alivio por otro. Puede que lo entendiese un poco…

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Ahora los gemelos. Eran dos chicos altísimos y desgarbados. Cuando nacieron quiso que tuviesen dos nombres que casasen estupendamente. Y así lo hizo. Guillermo y Miguel. Uno estudiaba medicina. El otro era ingeniero. Ambos eran muy inteligentes y siempre habían sabido compaginar su vida de estudiantes con la que todo el mundo tiene o debería tener. Cuando entraron se sentaron en las dos sillas que tenían en el cuarto que compartían. Se conocían mucho. Vivían el uno dentro del otro. En ocasiones hasta pensaban igual. Se dispusieron uno frente a otro.
– Esto es un marrón… ¿Cómo se la ocurre? Siempre he dicho que estaba loca.
– Ya tío… pero ¿tanto?
– Creo que tenemos otros problemas hermano… ¿Cómo llevas lo de Bea?
– Bueno… ella dice que no quiere tenerlo, pero… no sé… sus padres aún no saben nada…Mañana iremos al médico. ¿Tú?
– Tío, estoy yendo de oyente a filología, y ya ni me paso por clase. He suspendido absolutamente todo. He mandado ya ocho manuscritos a las editoriales, me han cogido tres. Se acabó medicina macho.
Sofía corrió a la ventana de nuevo a tirarse. Pero esta vez cayó encima del árbol que estaba bajo la ventana de sus hijos. Se recompuso de nuevo, lo poco que quedaba de ella. Y se marchó corriendo de aquel barrio de extraños. Se dirigió hacia la parroquia que solía ir. Mientras tanto se escuchaba de fondo una canción antigua de la que Sofía no se acordaba su título. La echaba de menos.
Al llegar había un cartel en la puerta. Decía algo como que se había muerto hace una semana una vecina muy querida en el barrio, además de buena cristiana. Sofía no podía creerse que hubiera pasado ya una semana desde que murió. Cerró los ojos un momento y se agacho en cuclillas. Algunas imágenes vinieron a su mente. Se imaginó tumbada, mientras la pintaban y la ponían guapa para su último café. El de la funeraria de entre todos los objetos personales que llevó Pedro la puso los peores, que iban desde un colgante de su suegra al vestido de su propia madre cuando era joven. Vio a muchos familiares, vio a gente que vino desde el pueblo de sus padres, el barrio entero, la asociación de padres del colegio. Se puso muy triste al pensar que ya nadie llevaría galletitas con trozos de chocolate. Al pensare que no podría cotillear en la peluquería, que no pasaría el cepillo los domingos…
‘No pasa nada seguiré’. Para cuando se levantó se dio cuenta de que estaba rodeada de un montón de gente. Que todos estaban entrando a la Iglesia. Le importaba a la gente en realidad. Asique entró. Fue poco a poco viendo a todos. Reconociendo sus caras. Como aprendiéndoselas de memoria. Sería un castigo del destino que aquellas pecas de la segunda fila la atormentasen hasta que apareciese la luz. Y al final llegó al ataúd. Estaba abierto. Su sonrisa sonreía. Pero sus labios parecían no decir nada. Se tocó. Estaba fría, pero sin embargo le ardían las mejillas. El dique que había construido durante años estaba siendo destruido a pasos agigantados por unas lágrimas que se morían por salir, pero que no lo hicieron. Una vez allí, se sentó en las escaleras del altar, mirando a todos los que allí se reunían. Todos estaban bien separados y diferenciados. La mano de Cristina reposaba sobre la de Ana, mirándose fuertemente. Sofía se dio cuenta de que claro que quería a Ana. La quería hasta si se rapaba la cabeza. Sonrió.
Karina agarraba el brazo de Pedro y le daba un pañuelo de tela. Guillermo había traído a Bea, quien solo miraba al suelo, como si fuese a hallar la respuesta. Miguel escribía en un bloc de notas con la pluma con la que su madre siempre escribía la compra. Muy pensativo, muy concentrado, muy Miguel.
Estaban sus amigas del colegio, las de la universidad y las cotillas del barrio.
Había tanta gente que no supo si contarlos. Contar a todos aquellos que sufrirían con su pérdida. Los que morirían sabiendo que le ocultaron parte de lo que eran al no decírselo. Pero se dio cuenta de que no sería así. Que nadie sentiría dolor, tampoco angustia. Sonó de repente aquella canción… ‘Sobreviviré’, pero en tono lento… La ceremonia pasó a cámara rápida. Las velas se derritieron. La curiosidad había matado al gato. Más bien a la gata. Se fue a algún sitio feliz. Un sitio que no sabe nadie.

Había amado aquella vida.

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