Una de cisnes y flamencos.

Salió corriendo, gritando y haciendo aspavientos, y llego al cuarto de Ana. Su hija. Se habían llevado bien siempre. Ana era como ella. A ambas las gustaba vivir bien, tener montones de ropa y hombres que las adulasen al pasar, susurrándoles en el oído cosas que nunca en la vida conseguirían. Sofía se sentó en el sillón que Ana tenía en su cuarto de piel de leopardo. A esperarla. A que llegasen ella y los otros dos. En realidad solo quería verla a ella, era la alegría de su vida. Se reclinó y miró al techo. Había una foto de su hija y su novio Juan. Se lo regaló él cuando hicieron dos años y medio. Cuando Sofía lo vio colgado se frotó las manos pensando en el bodorrio que organizaría si aguantaban un par de años más. De repente se sintió incómoda, pero se dijo que no podía ser…

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