Tercera parte. ”Carmín y pintauñas.”

Y llegó, como las cosas que llegan en la vida así sin avisarte ni nada, pillándote en camisón. Se sentó a observar la gente que pasaba, e inusualmente, se puso sus gafas de sol. Alzó la mirada, y una lágrima cayó por su mejilla. En ese momento era algo feliz. Se limpió, y para cuando quiso levantar la vista al horizonte, se topó con un rostro conocido…pero la palabra era familiar. Como olvidar esos hoyuelos.
– ¡Eri!
La mujer a la que gritaba estaba sentada, frente al lago, pintando. Se acercó corriendo y surgió la magia.
– Paloma… lo siento, siento no haberme comunicado contigo, ha sido tan difícil, me ha cambiado la vida tanto…Cuando quise comunicarme contigo, vi que te habías casado y que tenías lo que todo el mundo quiere tener. Una vida.
Aquello era mejor que los sueños. Nunca había imaginado nada mejor.
Estuvieron toda la tarde charlando, riendo. Algo como antes pero sin prisa. Pero se hizo tarde y ambas recogieron todo lo que se habían perdido la una de la otra y lo guardaron como un tesoro. Es difícil describir, resumir o contar, es decir, usar la palabra para expresar algo que únicamente se podría comunicar a voces. Eran las dos, pero también una.
Paloma cogió el metro no sin antes tenerse debidamente en comprobar que en su libretita tenía apuntado cómo localizar a su pieza del puzle recién reencontrada.
Llegó a casa y se extrañó. La luz del cuarto estaba encendida. La del dormitorio. Y el resto de la casa descansaba en silencio. Le daba mucho miedo el momento de atravesar el cerrojo de la puerta con su llave rosa chicle. Pero lo hizo.
– José… ¿Estás? Siento el retraso…
Silencio.
Dejó su bolso y comenzó a subir las escaleras con mucho cuidado. Se escuchaban los riegos nocturnos de los jardines de alrededor, la puerta estaba abierta.
La puerta del dormitorio, estaba entre abierta. Antes de entrar a él la colcha de flores por el suelo justo antes de atravesar el umbral. Abrió…con la mano temblorosa.
Y ahí estaba él. Vestido de Rita. Sacándose fotos. Encima de un taburete sobre el tocador de ella. Peluca rosa, pintalabios y las uñas pintadas. Un traje que a ella le encantaba para ir los domingos a misa. Y el collar de perlas buenas que su madre le regaló al morir. Se sobresaltó tanto cuando la vio en el umbral de la puerta que se cayó dándose un gran golpe contra la encimera. Las manos de Paloma volaron a su boca. Se la tapó fuertemente reprimiendo un grito de dolor. No sabía si llorar o llorar. No quería saber si se había hecho daño. No fue a socorrerle. Se quedó inmóvil. Como la Venus de Milo, pero en lugar de tener cortados los brazos, le cortaron las ganas de volar, pero no de vivir. José Ramón se recompuso con el maquillaje corrido y algo desorientado. Sus ojos destilaban ira. Paloma instintivamente empezó a correr. Él detrás. Le alcanzó a la altura del primer piso. Y la tiró escaleras abajo. Una vez en el suelo le dio una patada en el estómago. Paloma tragó saliva pero se dio cuenta de que no podía tragar nada más. A continuación recibió otro impacto en el ojo derecho y se tapó la mano con la cara y con el pelo. José no dejaba de gritar, de excusarse de sentir que estaba enfermo y que necesitaba la ayuda de ella. Ella no quiso escuchar más y se dejó ir. Se dejó ir entre gritos, los golpes de él contra todo el mobiliario de la casa, contra las ventanas, y lo más importante contra él mismo. Pero Erica que apareció por la puerta en el punto álgido de aquel drama griego no la dejó ir. Pero ella se apagó, desconectó.

amanray1

Cuando se despertó vio su vida pasar en imágenes. Estaba francamente mareada. Y tenía una vía puesta en el brazo
– Pobre muchacha. Menos mal que su hermana le dio al tipo con la lámpara en la cabeza. Pero qué lámpara. Qué bonita era…qué pena de lámpara.
Abrió ligeramente los ojos y vio a su marido esposado al lado de la ambulancia. No volvería a acercarse nunca más. A su lado Eri cogiéndola de la mano fuerte, pero apenas sentía dolor, sólo náuseas. Y sentía lágrimas incontrolables que no paraban de brotar. Su hermana hablaba con el ATS, también con un policía, que a pesar de su estado Paloma le pareció ver en él a un rebelde James Dean. Prestaba declaración policial. No le temblaba la voz. Era como un huracán.
– …Me la encontré tirada en el suelo y él estaba…bueno ya saben, de aquella manera vestido muy nervioso. Se asustó porque no sabía quién era y empezó a chillar, casi me rompe los tímpanos. Vi a mi hermana ahí tirada. Y cogí la primera cosa que ví y se la tiré a la cabeza….
– Le ha causado graves daños en el cráneo, pero se recuperará…en este caso la defensa está autorizada…
– No importa que lo esté o no. Le seré sincera. Mi hermana tiene que vivir. Que empezar a vivir. Porque vivir así no es vivir si no morir un poco cada día. Aún tiene que ver los colores al amanecer, tomar pastel recién hecho y quemarse la lengua con él. Tenemos que irnos de vacaciones juntas. Porque se tiene que recuperar. Nos tenemos que recuperar.
– Entonces, interpondrá usted una denuncia, o quiere que llamemos a alguien, contactar con el abogado o con el médico para que le haga un parte e incluirlo…no sé.
– Déjelo en mis manos.
Paloma sonrió, porque ella había vuelto y estaba bien.

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