Parte 1. ”Te adoro”.

Todo sucedió en Madrid.
Sofía se levantó aquella mañana sin saber porqué, se vistió de domingo y se tiró por la ventana. Pensaba que no iba a dolerla en absoluto, que sería totalmente pasajero y así fue, no voló muy desencaminada. Su marido probablemente estaba durmiendo todavía, sus hijos estarían en el colegio. Su marido aún dormía porque aquel era el día de su aniversario y él había pedido un día de vacaciones. El bueno de Pedro. Allí tirada encima de un coche de alguien con la cara de otro mundo y el codo en Cuenca se le cayó un zapato al suelo. Era como estar tumbada en la cama de los masajes de Fujishiro, su fisioterapeuta, con el cual mantenía un idilio desde que llegó a España desde Japón. La encantaba el sushi.

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No podía moverse y gritaba y gritaba, diciendo que estaba bien, mientras una multitud se agolpaba rodeándola sin ninguna consideración. Se oían voces como: ‘’Esta Sofía, tan exagerada como siempre no podía haberse esperado al fin de semana, no, en medio, como el jueves’’ o la voz del carnicero ‘’Pues me debe la carne que cocinó en Nochevieja para su suegra, qué lata’’. No podía creerlo, acababa de tirarse por la ventana, había sobrevivido a ella. Vale, no podía moverse, pero pronto podría. Y la gente lo único que podía decir eran pestes sobre su persona. Cerró los ojos para reflexionar un momento, y cuando los abrió se alivió al verse rodeada de gente, de esa gente que hace unos instantes habían sentido lástima de ella ahora la rodeaban y la tocaban con el frío de la calle con esos perfumes de señora mayor baratos y aquel sabor a tabaco del ambiente. Cuanto cotilla junto.
– Menos mal que ya estoy levantada, creí que no me podría levantar de ese coche de autoescuela abollado en la vida. Estoy feliz, he comprobado que soy una súper-mujer, le dijo a Doña Concha.
– Ay esta pobrecita, qué vida llevaba, si es que no somos nadie.
– ¿Me ha escuchado usted? ¿Tiene regulado el audífono?
Pero doña Concha y su abrigo de piel de mastín no la escuchaban. Se abrió pasó entre la multitud sin ningún tipo de dificultad y se vio doblemente. Primero miró sus manos temblorosas y luego aquellas que reposaban tranquilas. Había cambiado de súper heroína en cuestión de segundos. Ahora era la mujer invisible. Se acercó a su cuerpo sin vida y se tocó la mano a sí misma. Durante un momento se metió dentro de su cuerpo para recuperarse. Lo había visto en una serie malísima que ponían todos los días. Pero no dio resultado, lo único que consiguió fue que de repente su mano se levantase por arte de magia como si estuviese dando una bendición o algo así y un tremendo estupor entre el público que allí se congregaba. Le recordó a aquella vez que fue con los niños al circo y estos se maravillaron de que el domador de leones tan pequeñito cupiese dentro de la boca de aquel gran león sin que se lo comiera.
Total que allí estaba Sofía apoyada en el coche intentando echar a aquella gente que ni si quiera la veía. De repente centró su mirada en el suelo y vio que un chicle descansaba bajo sus Manolos, y se enfadó muchísimo, porque tendría que pedirle a Karina, que se los despegase al llegar a casa. Pero no hizo falta, porque cuando retiró su zapato de aquel chicle, comprobó que ni si quiera tenía ni un poquito de aquella goma rosa. Tendría que ir adaptándose a su condición. Cada vez había más y más gente allí. Desde la vecina curiosa que siempre la estaba espiando en el rellano con el gato entre sus manos, hasta las chicas de la mercería de la esquina. Y entre ese donut de gente imaginario, miró hacia el cielo, arrepintiéndose de la vida que había tenido. Y vio a su marido en el balcón. Con la cara desfigurada psicológicamente, en calzoncillos, calcetines, las zapatillas de cuadrados que la espantaban y aquel albornoz que habían cogido de un carísimo hotel en Turquía. Era horrible. Así que le gritó:
– Pedro, no te hagas el sorprendido que subo y te mato, para que vengas a ver esta escenita conmigo.
Comenzaron a llegar las ambulancias, la policía, en fin, todos los servicios de la comunidad de Madrid. Sofía dio un último vistazo a su cuerpo. Bueno, al menos tengo el pelo divino, se dijo para sí. Y alejándose de aquella multitud subió a su casa. Estaba triunfante totalmente victoriosa. Vería sufrir a los suyos, vería como la echarían de menos, y se pasarían llorando la vida entera hasta que su recuerdo quedase únicamente en la foto de su boda, aquella en la que salía con aquella flor que le había dado su abuela, aquella donde se la veía felizmente abrazada a la chaqueta de Pedro, que le quedaba tan bien… Se le empañaron los ojos… pero volvió a la euforia al saber que podía atravesar las paredes podía ir donde quisiera. Ahora sí, que era libre. Pero a pesar de poder atravesar el cemento al llegar a su dormitorio y ver a Pedro se quedo petrificada. Le miró. Estaba tal cual le había dejado. Solo que ahora estaba sentado en el borde de la cama, en su lado. En el lado de Sofía. Comenzó a coger todas sus cosas a meterlas dentro de una caja de flores cuidadosamente, sin prisa. A veces se paraba a contemplar alguna joya que le había regalado en el día de su cumpleaños, o aquel pétalo de rosa que ella guardó entre los libros hasta que se sacó, como muestra de haber pertenecido a un club mayor alguna vez, a un ramo enorme de rosas con tarjeta. Sofía le gritó:
– Qué haces tarugo, acabo de morirme y… ¿ya me estás echando de tu vida?¿ Qué hay de eso de dejar las cosas tal y como estaban, incluso la marca en la cama? Yo haría eso por ti…Lo hubiera hecho.
Siguió contemplándole en aquella laboriosa tarea. Incluso hasta que terminó del todo. Cuando lo hizo, se tumbó en su lado de la cama, colocó la sábana en el lado de Sofía, y se levantó de pronto. Abrió su mesilla de noche, cogió la cartera y sacó una foto pequeña de una mujer rubia, con los ojos enormes de castaño alegría y la miró. Era Karina. A Sofía se le heló la sangre. Si se puede más aún.

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