Segunda parte. ”Carmín y pintauñas’.

Salió de la confusión, se arregló el vestido y se tele trasportó por arte de magia al mismo asiento del vagón de tren. Pasó otra hoja, no sabía cuántas podía haber pasado ya sin saber lo que estaba leyendo. Se cortó un dedo con el filo de la hoja, y justo sonó por unos altavoces: Próxima estación, Ibiza. Salió a toda prisa, y casi se deja el bolso. Se detuvo sin aliento en la salida del metro. Sacó su abanico y empezó a atrapar un poco de aire, lo necesitaba. Una vez sosegada, se dirigió hacia el Parque del Retiro a sentarse en su sitio de siempre, con su helado de siempre y su vista panorámica que no era la de siempre, ya que sus ojos miraban al estanque, donde las barcas, y no eran siempre las mismas personas, ni los mismos estados de ánimo, ni los mismos nada. No puedes comparar un segundo con otro, una ola con otra, ya que el mar cambia y las personas, también.
De pronto, se hizo tarde y ya era hora de volver a casa. Cuando volvió el panorama la disgustó profundamente. Era una de esas personas que le encantaban las sorpresas, los pequeños detalles que daban vidilla a lo oscuro y triste. Pero José tirado en el sofá con una cerveza y los calcetines de rombos era lo menos íntimo que había visto nunca. Tenía un aspecto rarísimo y la casa estaba silenciosa, aunque el televisor estuviese a todo trapo retransmitiendo una repetición del Barça-Madrid del día anterior.
– Cariño, qué tal ha ido el día.
– Psé…Bien…ya sabes en la oficina, mucho papeleo.
– Pero… ¿bien?
– Paloma, no insistas, bien y punto, qué más quieres que te diga, qué quieres saber, quieres que te cuente cuántos cafés me he tomado hoy, con quién he comido, quién me ha saludado por la calle…en fin. Rita ha hecho algo de comer. Está en la nevera, nos lo ha dejado antes de irse.
– Bueno yo he ido al Retiro, ya sabes como todos los miérco…
– Que vale, Paloma, que estoy cansado.
– Nunca me escuchas.
El televisor se apagó de golpe. El mando rebotó contra la mesa. Se levantó como muchas otras veces y le abofeteó la cara tan fuerte que se cayó el libro que tenía entre las manos. Ella con él dos segundos más tarde. Una lágrima se escapó y un llanto ahogado quedó reprimido por su pelo, que ahora le tapaba la cara.
– Lo has conseguido. Te felicito. No tengo hambre. Pobre Rita.
– …
– Y para escucharte…ya están tus amigas.
Subió al piso de arriba y cerró de un portazo. Habitualmente vemos en las películas cómo cuando un matrimonio discute es él el que se queda en el incómodo sofá cama para visitas del salón. Aquí era diferente. También la manera de pedir perdón. Él no volvía, era autónomo e independiente. Le encargaba a Rita que comprase flores a su mujer sin importarle el precio, el ramo más grande si cabía. Sus conversaciones con cada discusión renacían. Después de cada incidente todo lo relacionado se volvía tabú. Aquel día no pudo más, y se deshizo de todo lo romántico que poblaba su vida. El color se fue. Y la novela rosa acabó en el fondo de la basura.
Otra pregunta surgió de su mente. Rita. Rita y su marido, qué se traían exactamente, no lo sabía.
Prefirió no preguntar cuando vio el pintalabios de su asistenta. Le era muy familiar.
Paloma retomó de un modo gradual la conversación con su marido. Un día, le tapó los ojos mientras estaba sentada pintando en su jardín a media tarde, otro de sus hobbies y la llevó a cenar, pasando una de las mejores noches de su vida después, tocándose, redescubriendo el uno el cuerpo del otro, dejando que la luz filtrase entre los cabellos de ella y que se posara en los lunares de él por la mañana. Paloma le quería, la pegaba, pero le quería. Era como un Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Unas semanas de día, otras semanas eran noches. Oscuras, misteriosas. Él cambiaba, se transformaba, tomaba su pócima, o volvía borracho. Que viene siendo lo mismo.

113

La normalidad se instalaba de nuevo en su casa. No se oía la risa incontrolable de niños, sólo la de los hijos de los vecinos. Vivían en una urbanización de Madrid, con algo de prestigio por aquí, y lujo por allá. José no quería niños, o al menos de momento, la dijo tres meses después de casarse, ‘’Estoy liado en el trabajo, un niño son complicaciones, y necesito que me asciendan, puedes comprarte un terrier que ahora están muy de moda…lo del niño déjalo para más adelante’’. A veces él huía. No solo de conversaciones, también de sus besos. Se había vuelto frío con los años. Pero otras veces era más caliente que el desierto de Atacama. No le entendía. Lo que sí entendía es lo que pasaba. El niño no llegó, ni llegaba, ni llegaría nunca.
Un día fue a visitar a Carmen, una de sus mejores amigas. Se conocían porque sus chalets estaban pegaditos, porque su José y Pedro también eran amigos y porque las citas de las chicas los martes en su casa eran…todas las redacciones de las revistas rosas en cuarenta metros cuadrados.
– No sabéis de lo que me he enterado-dijo Conchita, una nueva adquisición del grupo, separada con mucho dinero de su ex marido, y que vivía con su hijo Nicolás en el número 63.
– ¿De qué?-exclamó Menchu, que era también Carmen.
– Pili, la del 86, fue a la fiesta del sábado pasado con un bolso de imitación. Un Gucci de mentira, ante nuestros ojos y no nos hemos dado ni cuenta.
– No me lo puedo creer…y luego va fardando por el club con el- dijo Amaya, una resabida mujer, que si se mordía la lengua en el parte médico por defunción pondrían: Fallecimiento a causa de: envenenamiento.
Paloma asentía. De repente esa conversación no le importaba, simplemente quería que llegase mañana. Era miércoles, el día en el que ella se sentía ella y no otra que vive atrapada.
– Qué opinas mujer, que llevas callada mucho tiempo-. Le dijo Conchita.
– Que ya es hora de que se compre un bolso bueno, al menos un Vuitton, que con tanto plástico nos va a intoxicar a todas.
Rieron todas al unísono. A Paloma no le hizo mucha gracia. Pero al menos salió del atolladero. Cerró los ojos mientras se tomaba su café con leche. Y mucho azúcar. Estaba deseando que llegase el día siguiente con su sol y su metro, su helado y su árbol del retiro. Cogería una novela policiaca ahora que las rosas estaban en extinción. Y su reproductor de música con canciones de los Guns and Roses, de cuando atravesó esa época heavy metal en el instituto, que se acabó en menos de lo que canta un gallo gracias a su madre, que aunque le quitó todo, no le pudo quitar la música. Porque la música se va. Puede marcharse pero nunca silenciarse.

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