Primera parte. ”Carmín y pintauñas”.

Paloma. Cuarenta y dos años. Recién cumplidos y bien llevados. Pintauñas rosa chicle en sus uñas de los pies, a juego, unas sandalias blancas con algo de tacón. No solía llevar pintalabios, ya que a José Ramón, su marido, se le abrían las carnes cada vez que veía uno. Y mucho. Y es que desde que este había vuelto de aquel viaje de negocios a Ámsterdam hace algunos años, y había encontrado carmín en su traje de rayas diplomáticas, y tuvieron aquella bronca que se resolvió con un bofetón, se convirtió en algo tabú. Como cuando se habla de la economía y todo el mundo suspira y añade ese aire soñador de dedo índice en la barbilla mirando al cielo, y exclama ‘’Parece que va a abrir, ¿eh?’’. Ella también esperaba que su relación se abriera algún día hasta tal punto que resolviesen ese hecho y muchos otros que ella no acababa de entender. Como cuando encontró entre sus papeles unas esposas, o como cuando encontró entre sus corbatas un mechón de pelo rosa sintético. Prefería que su mente callase. Seguro que eran casualidades. Como cuando se acumulaba una gran bola de pelusa debajo de su enorme cama, con su colchón igualmente caro combinado con aquella colcha tan…tan…silvestre.
Paloma estaba sentada en un asiento del metro, como todos los miércoles. Ese día era el único que tenía libre. Aunque en realidad tenía libres todos los días. Tenía la vida resuelta. Su José, era un hombre muy trabajador y respetable. Había trabajado mucho. Esas dos últimas frases las llevaba escritas a fuego. Como que se auto convencía de ello cada vez que tomaba un café con leche y mucho azúcar en el club de campo y charlaba un poco con sus ‘’amigas’’, o cada vez que veía su fabulosa casa mientras tomaba algo el sol en el jardín o esas veces, cuando iba al supermercado cuando no iba Rita, su asistenta, y pagaba con su brillante Visa oro.
Y la pregunta que ahora choca y sale corriendo a toda prisa, como el metro cuando coge esas curvas y una voz te avisa de qué está pasando entre coche y andén, no es otra que la siguiente. ¿Qué hace una señora, alguien así, cogiendo el metro cuando puede coger su fabuloso coche? La respuesta sin embargo no es sencilla, ni tampoco clara. Y no se debe a ninguna casualidad de la vida, como que se le hubiera rozado un poquito al aparcar cerca de la peluquería, o que los niños del vecindario hubieran trasteado…o lo más simple. Iba más allá.
Tenía cubierto el libro que sostenía entre las manos con un papel de forrar blanco. Se transparentaban un poco, pero había conseguido camuflar la foto de la portada. Era una novela rosa en la que estaba enfrascada, de esas que vendían cada semana en su kiosco más cercano, de confianza. Se pisaba un poco las sandalias, y se mordía las uñas de vez en cuando. También se apartaba mirándose en el cristal del vagón su media melena rubia, más bien castaña
A su lado se sentaban un par de estudiantes, algo desaliñados, tal y como se estila ahora se dijo para sí.
– Tío tenías que haber visto la que se pilló el Rulas ayer.
– Qué dices tío, si apenas bebió, este es más fantasma…
– Pues tienes que oír lo que le dijo a su vieja te meas…
La dieron ganas de cerrar el libro y estampárselo a ambos en la cabeza a ver si salían de su mundo de yupi. Sin embargo, adoptó una actitud tranquila, y tal y como le había enseñado Yago, su monitor de yoga, que en conjunto sonaba todo my sonoro, tomó aire por la nariz y lo expulsó por la boca cerrando un poco los ojos. Tampoco quería parecer la loca del vagón. Le daban mucha rabia esas situaciones, cuando los chavales de hoy en día sólo aceleran, y se limitan a vivir ni tan si quiera saber lo que significan esas cinco letras ni el misterio oculto que se esconde tras ellas. Erica su hermana sin embargo lo sabía, lo sabía perfectamente.
Intentó proseguir su lectura con poco éxito. Y es que a medida que avanzaban las palabras en su cabeza, dejaban de tener significado, ya que una fuerza terriblemente asociada al pasado y a los recuerdos la iban consumiendo, como cuando miras por la ventana del metro, te marea el saber que aunque sabes lo que estás viendo, no lo identificas con claridad. Cayó en la espiral.

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Paloma estaba un día hace mucho en casa. Jugaba con su Nancy, y la vestía de princesa, para ir a la piscina, la vestía de novia, e intentaba recrear su futura boda. Quería, como cualquier niña de su edad, tener una boda de cuento de hadas, donde los unicornios volasen y la tarta tuviera mil pisos llenos de flores de chocolate con nata. Un estruendo sonó sobre su puerta, que permanecía cerrada. Agarro a Simoneta, y se cayó el peine verde chiquitito al suelo.
– Abre la puerta enana, que aquí hay alguien que quiere conocerte.
Sus padres no estaban en casa, se habían ido de fin de semana.
– Que abras te he dicho.
Más golpes. Y de repente la puerta se abrió. Paloma estaba agarrada a su muñeca, detrás del armario. Cerró los ojos instintivamente, muy fuerte, pidiendo no ser descubierta. Se oyeron unos pasos, varias cosas cayeron al suelo con violencia, y algunas risas de fondo.
-Parece que tu hermanita la buenecita no está aquí… ¿eh?
– Ya aparecerá seguro que está por algún lugar de la casa.
La puerta se cerró de un portazo. Paloma no salió hasta que dejó de oír carcajadas que le recordaban a una película de payasos que había pillado viendo a su padre una noche a altas horas de la madrugada. Su hermana había traído unos amigos a casa. Y la cosa, se había descontrolado. Cuando salió de su guarida, fue directa al salón. Olía a tabaco, como el del abuelo, y…a algo que no supo distinguir, que años más tarde en una cata de vinos a la que la llevó José, sabría qué era eso, vino. Su hermana estaba tirada encima del sofá a medio vestir y con todo el pelo alborotado. Tenía el maquillaje corrido, y también prestado, porque se lo había quitado a su madre. Paloma se acercó a ella, dejando a Simoneta en el suelo.
– Eri… ¿estás bien?
Una vocecilla carraspeó antes de salir.
– Mita…pequeña…no me encuentro muy bien no me acuerdo de lo que ha pasado. Esto solo era un guateque y ahora no queda ni un resto de lo que fue. O quizá demasiados. Lo estábamos pasando bien…te lo juro…No se lo digas a papá y a mamá…me metería en un lío…
Paloma calló a su hermana con sus deditos de princesa de cuento de hadas, intentando llevar a su hermana al suyo propio.
-No te preocupes Eri… Estoy aquí. Somos una.
La intentó mover poco a poco. Y aquello parecía no acabar nunca como la obra de El Escorial. Tardó lo que le parecieron meses en llegar al cuarto de su hermana. Le quitó la ropa, y le puso un pijama de los que las dos hermanas tenían iguales. Le arropó y cerró la puerta. Se dirigió al salón y echó todo al cubo de basura que más tarde dejaría en el descansillo y abrió las ventanas de par en par. Cuando dejó de oler al abuelo fue hora de cerrar. Aquella noche se durmió tras haber terminado de limpiar las huellas del que no delata a la persona que ama. Sus padres llegarían al día siguiente. Y por mucho que Paloma se esforzó, la vecina de al lado les comentó lo sucedido, Paloma pensó que era una entrometida, y que no tenía otra cosa que hacer, ya que sola vivía, porque un gato feo no contaba como compañía. Sus padres siempre fueron muy religiosos y conservadores. A Paloma quizá le engañasen un poco más, pero a Eri no le colaban ni una y siempre que podía se saltaba sus obligaciones bajo la dura mirada de los que no entendían su libertad. Cogieron a Eri interna en un reformatorio para chicas en Sevilla, donde tenían unos familiares. Cuando cumplió la mayoría de edad se fugó y no la volvieron a ver.

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