Segunda colaboración. Marcos Rodríguez Castillo.

Os sigo invitando a que participéis en la semana de las colaboraciones, recordándoos mi correo: andrea.tab12@gmail.com. Ya sabéis cual es el formato: fotografía, texto y canción. ¡¡No esperéis más!!

Hoy os traigo a una persona que no tiene presentación. Es increíble como un chico pegado a un iPad, que se apoyaba en la pared sin hablar con nadie ahora haga un curso de escritura conmigo, y que me haga reír tanto, hasta el punto de llamarme la atención porque no le gusta que me pare en medio de la calle, él siga andando y yo esté por el suelo, sin poder hablar. Gracias Marcos. Tú lo sabes.

Marcos es genial escribiendo, y no lo digo porque sea mi amigo, que claro, pero es que consigue llegar, que es de lo que se trata. A mi me recuerda un poco a Paul Auster, y a una señora del curso que he comentado a Albert Spinosa. Pero yo creo que no. Que simplemente es Marcos Rodríguez Castillo, y para los amigos, es decir, Lola, ‘cosita monísima’.

DISFRUTADLO.

PD. Él me pidió que subiera una foto en la que pareciese que lo pasábamos bien, y he encontrado ésta.

image (24)

Un cuento de Navidad

Debido a ciertos asuntos, me encontraba yo la otra noche en la calle Gran Vía, esperando a que una joven se dignase a aparecer en el lugar acordado. En esto estaba, cuando un hombre en el cual no había reparado se acercó a mí y me pidió fuego. Le dije, como es cierto, que no fumo, a lo que me respondió “¿Ni siquiera en Navidad?”. Al despedirse, quedé pensativo. Repasé las palabras que me había dicho y las hallé ambiguas. ¿Se refería, acaso, a si ni siquiera fumo en Navidad? ¿O a que ni en esta época soy generoso y me escondo tras una mentira? Ambas interpretaciones me asustaron, y, como no pude responderle en aquel momento –ya había transcurrido demasiado tiempo desde la despedida–, tomé por satisfactoria la simple reflexión. Alcé la vista, hacia las luces de estética discutible que adornaban la calle. Pensé que no reflejaban realmente la realidad de Madrid, puesto que representaban un conjunto de edificios esquemáticos más propios de Nueva York, por poner un ejemplo. Quise encontrar alguna relación entre esas dos ciudades, infructuosa tarea hasta que miré la propia Gran Vía; única semejanza a simple vista. Observé atentamente a las personas que caminaban por el lado de la acera en el que yo me encontraba, tratando de descifrar aquello del espíritu navideño, a pesar de que lo intangible rara vez se capta en rostros ajenos. Rechacé la visión anticonsumista tradicional de la Navidad, para poder desarrollar la mía propia. En este discurso me hallaba, cuando llegó a mí un olor que me hizo buscar su fuente, un puesto de castañas que estaba a cargo de una mujer de avanzada edad y rostro agradable. Le pedí un cucurucho –así se llama la ración individual– y pagué de muy buena gana. Con las manos por fin calientes, retomé el punto en el que había dejado el pensamiento aquél. Entendí, en ese momento, que la Navidad significaba más que compras, además, parece que las épocas hay que marcarlas con ciertos elementos propios que las caractericen. No sé si
eso deja en buen o mal lugar al que necesita luces para distinguir las estaciones. Dichas luces son un símbolo, pero no necesariamente del consumismo, sino de la época en sí. La arbitrariedad de este hecho me llevó a pensar en las diferencias culturales y en que soy hijo de mi tiempo y país, como los rostros alegres de quienes caminaban junto a mí. Ellos, seguramente, verían la Navidad como un tiempo de felicidad, familia, regalos y buen ánimo. En mi caso, es cierto que las luces me ayudaron a asimilar que ya era el último mes del año, pero no veía normal que la Navidad fuera causante de un comportamiento diferente al ejercido durante las demás estaciones. La virtud es virtud cuando es un hábito, no cierto hecho aislado, por lo que la generosidad en invierno no convierte a quien la practique en generoso. No quise deprimirme, de modo que dejé de lado la felicidad, los regalos y el buen ánimo, además, de vuelta a la Gran Vía, me pareció distinguir a la joven que me pedía disculpas por retrasarse. Mirándome, preguntó qué me sucedía. Que no sé si vuelvo a tener espíritu navideño, si es que ya lo tuve o es que nunca lo perdí, dije.

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