Relato corto. Parte dos. ”Sin respuesta”.

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– Dime. ¿La quieres? ¿Qué quieres con ella?
– Te he dicho… que yo sólo quiero estar contigo.
– Si sólo quisieras estar conmigo, no buscarías trozos de mí en otras. ¿No te das cuenta? No puedes quererme, ni podrás querer a ninguna. Porque tú… no sabes querer.
– Quiero estar contigo.
– Sí, pero tú no me quieres.

‘’Wayra nació bajo la tercera luna de febrero. Sus piernas eran fuertes y robustas, acompañadas de un par de tatuajes tribales. Al lado de la cueva, junto a la cascada, sus antepasados habían ido construyendo un pequeño poblado cerca del cementerio de elefantes. El gran brujo de la tribu anunció el día de su nacimiento que llevaría al pueblo a la desgracia, por eso decidieron que su alma podrían dedicársela al sol, para ahuyentar las desgracias y mantener alejadas a las fieras. El día que cogieron al niño Wayra y lo subieron a la pequeña barca hecha con cáñamo, que crecía en la orilla, no pudieron oírse gritos desgarrados de una madre. Brazos rotos de dolor extendiéndose para abrazar la delgada línea que le separaba de la tierra. Los Utskauol no amaban y no lloraban a sus muertos. Nacían, si sobrevivían era un milagro. Trabajaban la cerámica, a partir del rico barro que encontraban en las fuentes naturales cercanas a la gran explanada.
Pescaban río abajo, siguiendo el camino que la fuerza de la cascada había surcado desde tiempos remotos. Ni si quiera los antiguos conservaban leyendas escuchadas. Prosiguiendo con la historia, pusieron al recién nacido entre flores blancas y anaranjadas, de una belleza singular, lo exótico es maravilloso cuando arde. ‘El niño será muchacho, joven que traerá desgracia, destrozará el sistema que nos une hermanos, veremos nuestra tierra devastada. Vuestras casas de los árboles perecerán, caerán bloqueando el gran río. Debe morir, y nosotros vivir’. El brujo esparció cenizas de los muertos, hojas trituradas del árbol más alto y la pequeña balsa se alejaba… Un viento atroz se levantó. No es común que suceda esto en un lugar donde el hombre moderno jamás entró, sólo los hijos de la tierra que jamás salieron. El recién nacido cayó al agua, y todos se dieron la vuelta para volver a sus tareas. Menos una persona, que ofreció unos segundos de una vida sin enmarcar en el tiempo feliz.
Los ojos como platos, un sudor frío que invadió a Minhra. Su hijo iba a morir, y ella no podía hacer nada para salvarlo. Ni si quiera el padre, Jafgo lo entendía. Ella sabía que había algo en el poblado que podía olerse, pero no verse, tampoco tocarse. Todos aquellos que veía cada día, tenían los ojos un brillo especial en la mirada. Nunca hablaban de lo que sentían, pero ella sentía un quemazón por dentro. Lo sintió cuando compartió la noche con el padre del hijo al que estaba dejando morir. Fue ritual, doloroso, incomprensible. Ella no sintió nada, y se perdió en el vacío porque cuando hay un hueco sin rellenar, todo se llena de incógnitas.
Cuando los segundos se consumieron en el fuego de la hoguera, siempre encendida en la parte alta de la caverna, pareció que todos los pájaros de la selva se habían reunido en un punto muy concreto y habían salido disparados, como un manotazo del dios que todo lo poblada, que todo sabía, que nadie conocía. Un llanto que salió de las entrañas del mundo sonaba, bajo la sorpresa de todos. Nuatle uno de los subordinados del gran Ismcán llegó corriendo muy sofocado, entre gritos de pánico. El dios Ijuque había vertido su ira sobre el pueblo, castigándole. Si cruzabas los árboles en dirección al sur, unos noventa pasos, un gran círculo se abría entre los árboles. Dentro un mar de círculos espaciados, frondosos árboles cortados, humo alrededor y máquinas de los infiernos… ‘’

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Hoy voy a decirlo: ¡cómo me amo! Y tú ya no puedes hacerme daño.

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