El sin sentido.

Puede que lleve razón,
aquel que dice, aquel que sueña y grita
que la soledad no está tan mal, que te acompañas
pero claro, es el amor.
Porque falla. ¿No?
Hoy me desperté entre sueños, de esos que ya no
tengo tan frecuentemente, de seguido tres o cuatro
no sé.
Es que no me acuerdo.
Soy yo quien se equivoca. Sí.
Qué importa ya, son legión, parejas
por Madrid, mis manos se deslizan por el vidrio
de una botella de cerveza fría.
Mi corazón es igual.
Lo de los sueños, que me pierdo.
Entre un color morado, morado y blanco.
(Sin equipos, te digo)
Sueño que grito.
Ahora, ahora, ahora.
Combate amor, aunque la soledad sea amiga.
Quien diga, que se atreva.
Personas que escogen a un favorito, claro.
Pero es que es oscuro porque aun se oyen voces
que dicen que solo la realidad es.
Pues no. Deja de ser.
Todos queremos saber que unos cuantos millones de
células piensan juntas, en otras tantas,
que son gemelas. Que se fagocitan.
Dos cuerpos en ósmosis.
Creo que es evidente, que no puedo negar,
que engañé a los números para enamorarme de un trazo.
Y que se es, si se piensa, amor.
Y ya.

Buñuel

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Problemas de autoría.

Aquella caseta del Retiro le llenaba de alegría todas las primaveras. Memorizaba los sonidos. Dese el primer pájaro que escuchaba al sentarse en aquella silla que chirriaba contra el suelo, hasta las lenguas que mataban a los helados del puesto contiguo. Cuando llegaba allí, se frotaba las manos, miraba al frente y veía otra, unos libros para niños, que en ocasiones le hacían soñar y regresar al mundo del que un día escapó. El caso es que, ese día su mujer, Ana, le había hecho un par de bocadillos, que luego acabarían en la basura, cuando Ricardo, su representante le invitase a un par de cervezas y empeorara su caligrafía a la hora de firmar libros. ¿Cómo decirle que no a un hombre de cincuenta años que tiene por hobby coleccionar fotografías en blanco y negro? Alguna vez llegó a preguntarse si realmente veía en esos dos colores. Otro día cuando coincidió con un colega suyo, le contó que estaba enfrascado en un artículo, era muy interesante, al menos así se lo parecía a aquel compañero de profesión. Era sobre un hombre que solo podía captar el blanco y el negro, dejando a un lado el resto de colores. Pero un buen día algún iluminado tecnológico de los que hay ahora, que cuando pisas el suelo, salen corriendo, le instaló un chip en la nuca. El invento no era otro que este hombre, que vivía anclado en las primeras televisiones, con los dos rombos incluidos, al tocar las cosas sentía su color. ¿No es precioso? Le dijo el artista. Sí, la verdad es que sí que lo es. Tocar una cosa y sentir como cobra vida.
Era una mañana muy aburrida, asique decidió decirles a los colaboradores de la editorial que iba a salir a dar una vuelta. Más bien a darle una vuelta a su mente. Acababa de publicar un libro, sí. Había sido un gran éxito. También. Pero tenía miedo de que los personajes que iba dejando atrás saliesen algún día de las páginas. Algunos enfurecidos, otros agradecidos por el aspecto físico que les había proporcionado, dibujado en su mente, escrito en el folio en blanco de su escritorio. Asique tenía un pequeño secreto. Los iba apuntando cuidadosamente en una libreta que le regaló su profesor de Historia en el instituto. Por orden de aparición en el mundo de sus ideas. Todo comenzó cuando se dio cuenta de que la Residencia de Estudiantes, se encontraba a tres paradas de metro de su casa. Y se pasaba allí las tardes. Pensando que por ahí habían pasado grandes escritores, algunos gritaron muy alto y a otros les silenciaron la voz. Bueno, pues allí, junto a aquel árbol, cerca de la pared llena de grafitis con aquella margarita impasible al paso del tiempo y las estaciones nació Eva. Era despistada, con un aire como de otra época. Con el cabello largo, largo miel, unos ojos negros enormemente penetrantes. Tenía manos de pianista y se comía las uñas. Lectora imperdonable, amate secreta de Espronceda. Así la pensó, y así la plasmo en su primera la novela: ‘Canción sin letra para ti’. Tuvo éxito, aunque los críticos la tacharon de ‘Estrafalaria y rebuscada, pero algo brillante’.
A medida que caminaba e iba inmerso en sus pensamientos se chocó con una muchacha. No llegó a verle la cara pero le recordaba mucho a alguien. Sobre todo ese olor a mar. Ese olor que no se podía quitar de la bufanda en invierno y del cuello en primavera. Ese olor que parecía sumergirte en el susurro de una caracola de una isla perdida. El olor a amor de verano, amor en un puerto.

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Salió corriendo detrás de ella. Estaba seguro de que era aquella chica con las manos llenas de anillos, cada uno a su estilo, que venía siempre, en primavera. Era la que esperaba la cola interminable, la que aguantaba que los lectores con hijos le electrificaran el pelo con los globos que regalaban de publicidad a lo largo del camino de los libros. Era ella. La que le pedía siempre: ‘Dedícamelo…para mí. ‘
La buscó entre la multitud, pero no la encontró se había fugado, con un punto en el horizonte que queremos alcanzar, pero nos damos cuenta de que no existe, porque a medida que avanzamos se aleja más, y más cada vez. Era ella. Respiró.
Volvió a entrar en la caseta y estaba Pedro, su asesor de imagen esperándole. Se alegró de que Ricardo se hubiera ido a casa.
– Han llamado de la revista. ‘Tócala otra vez, Sam’ ya está en imprenta. Sale en el número del sábado, al final, como siempre. Quieren que escribas algo agresivo la próxima vez, quieren hacer un número político con fuerza. Te envían las fotografías la semana que viene.
– De acuerdo.
– Entonces empezamos, vamos a abrir ya. La pluma con tinta negra está preparada al lado de la pila de libros. ¡Vende mucho, campeón! Tiene pinta de que hoy va a ser un gran día.
Perdió la noción del tiempo. Preferiría seguir dando un paseo y pensando en un mundo que no es de esta tierra. Sonreír, escribir, mirar al cielo haciéndose el interesante, poner algunas citas, o frases de alguna de sus obras que recordaba con cariño, y coger ese cariño y ponerlo por escrito en un ‘Un saludo’, ‘un beso’, ‘recuérdame’….
Se preguntó, desde cuándo la literatura es tan mecánica. Tan comercial. Bueno, sin la parte comercial no existiría mi casa de Cabris en la Costa Azul. Se regañó así mismo. Era un pretencioso esclavo de las letras y amante con rosas por detrás.
Y llegó su turno.
Era ella, estaba segurísimo.
– Dedícamelo…
– …Sí… ‘Para ti’. Terminó.
– …Sí. Se sonrojó.
– ¿Quién eres?
– Un recuerdo.
Una vez firmado salió corriendo y la perdió la pista.
Se le volvió a escapar, otro año más. ‘Hay que ver cómo vuela la primavera, y qué pronto llega el invierno…’ se dijo.
Era siempre la misma historia. Ella salía corriendo, él la llevaba ahí, en su mente y salía disparado tras ella. Once años igual, la misma historia. Perderla entre la multitud. Pero aquella vez fue distinta. Porque la agarró del pañuelo de tonos morados con imágenes chinescas que llevaba puesto. Lo que no contó, fue que ella siguiese corriendo sin parar a recuperarlo.
Asique, si fue distinta, pero la misma historia. Se había enamorado de ella. No sabía quién era, no sabía su nombre, tenía un pañuelo en la mano. Y nada más.
Pasó un año. Impaciente la esperó en primavera. Cuando las flores aparecen y nadie sabe porqué.
Pasó otro año. Y allí estaba ella. Con su libro en la mano. Como dando saltitos con los pies, y una gran gabardina que ocultaba sus intenciones respecto al mundo. Rebeldía sin mediar palabra, estaba claro. Le llegó el turno. ÉL TENÍA El tenía el pañuelo bajo sus libros en su rinconcito del están. Se agachó a cogerlo.
– Esto es tuyo.
– Gracias, un día el viento me lo arrancó y tardó dos años en dármelo.
– ¿Quién eres?
– Eso no es importante. La cuestión es… ¿Quién eres tú?
– No intentes confundirme.
– Carlos, Carlos Montuí. Ese eres tú.
– ¿Y entonces tú?
La apretó fuerte las manos, y la tinta de alguna pluma que los separaba comenzó a fluir, como un río, cada vez más, cada vez más fuerte a su paso por la montaña…
– Soy tu canción del pirata…
Y desapareció.

Segunda parte. ”El amor en tres palabras”.

Anita se puso la mano en el corazón. Le dio la vuelta al sobre que antes había guardado aquel secreto. Se trataba de una carta desde el frente, cuando el amor se jugaba en tiempos de guerra. El abuelo, se había estado carteando con una muchacha, probablemente la de la foto. Leyó un par de cartas más que estaban por ahí. Descubrió que la joven se había marchado dejando a su abuelo solo, en aquella casa, con un muchachito pequeño para irse a la guerra, a ayudar a su país. Ella era norteamericana y en Vietnam se jugaban mucho. El caso es que era también enfermera, aparte de ser madre en sus ratos libres y la llamaban de allí. No era cualquier tipo de causa, si no LA causa. Había paquetes por todos lados, muchos periódicos de aquel tiempo y una tarjeta de un club donde probablemente se conocieran. Todo estaba lleno de polvo y quizá el corazón de su abuelito también. Con lo cual organizó sus ideas, se sentó en aquel diván de cuero berenjena y pensó…pensó fríamente y durante largo tiempo. Quizá hubieran discutido por algo que ella pensaba que era importante. Alomejor había dejado aquel continente para encontrarse más cerca del que huele a vainilla y había dejado obligaciones allí.

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– Anita, ¿dónde estás? Ya no queda leña en la chimenea, y tengo algo de frío… ¿Podrías venir?
Tenía una voz grave, y algo cascada por el tabaco, pero siempre era como abrazar a alguien que siente realmente las cosas. Se quedaba confortada cuando lo hacía. Cuando le preguntaba por su padre y este cerraba los ojos. Las arrugas de su cara parecían rejuvenecer y suspiraba un: ‘Seguro que está bien’.
Pero ella no era ninguna niña pequeña. Había crecido de golpe. Sabía que se habían separado, que su relación estaba coja y que papá se había ido a otro país con una mujer y con sus hijos, mientras mamá descansaba en la habitación de arriba, sin hacer ruido, como su alma.
Su abuelo y su madre nunca se habían llevado bien, pero cuando Félix adoptó aquella postura de vividor, Alejandro aceptó a Marga, como quien acepta una tormenta de invierno en pleno verano. Se vio identificado en aquella mujer de largos cabellos azabache.
Anita recogió todo aquello y procuró cerrar con fuerza la puerta, como si diese un cerrojazo al pasado para procurar que se acabase por fin.
Bajó corriendo las escaleras, cada día se le daba mejor, y había estado practicando como bajarlas apoyada en la barandilla, incluso sin pies, como si fuese un tobogán o la lengua de un caracol. Este último punto no lo tenía muy claro, pues no sabía si los caracoles tenían lengua o no, pero estaba segura de que los camaleones sí.
Se dirigió hacia su abuelo y le dijo al oído:
– No te preocupes. Somos felices mamá tú y yo. Te quiero mucho. Nada importa ya.
Y así es como se resume el amor que aquel día el pie derecho con el que se levantó quiso trasmitir.

Primera parte. ”El amor en tres palabras”.

Anita subió la trampilla que su abuelo guardaba con recelo tras la estantería del comedor. No la conocía casi nadie, él la había marcado como uno de los grandes secretos. La recordó un poco todo aquello, a cuando leyó ‘El diario de Anna Frank’. Ella también se había escondido de un ser más poderoso que oprimía el país, ahogándole, para que no pudiera respirar. Pero ellos recogieron el aliento frío del mundo encontrando un lugar donde resguardarse. Quizá su abuelo también fuera así, ese tipo de persona, que no tiene nada que esconder porque es absurdo el pensar que uno tiene que esconderse de sí mismo. Quizá el corazón del que ahora se sienta con una pipa en el porche, a fumar tabaco de vainilla no sea algo más que un país. Es pequeño sí, pero tiene ríos de memoria, campos de imaginación y sobre todo personas que se han quedado ahí clavadas. Anita llegó al punto de tener incluso miedo. Si su abuelo la descubriera quizá….quizá sería demasiado y el país entraría en guerra. Se sorprendió al ver que aquello era como un mausoleo. Estaba lleno de ramos de flores secas y la pared era un enorme mosaico, que parecía formar parte de los mejores fotogramas de una vida. Había una especie de altar, con una foto de una mujer guapísima, con el pelo ensortijado, como el de ella, con los ojos enormemente castaños, y con una sonrisa que Anita, rió pensando, que si lo viera su dentista no pisaría aquella clínica del infierno nunca más.
-… ¿Será ella?

Abuelito nunca habló de ello, ni si quiera papá. Dicen que está enterrada en el pueblo, cerca de un acantilado porque siempre creció libre y de la fugacidad de la vida su tacto, que según decían era como el viento cálido en otoño. Había una carta. Encima de una mesa con un mantelito. La empezó a leer primero en alto y después en alto para sí misma. Cada palabra era como… Colón llegando al nuevo mundo, cada expresión como una ola que chocaba contra la Carabela.
Querida Amanda:
No sabes qué difícil es tener que contestarte mal cuando no quiero. Pero es que tengo que hacerlo, ¿sabes? No puedo continuar estancado. Te has ido, allí, donde no se te ha perdido nada, y yo estoy aquí, medio solo.
Ya estoy casi fuera del pozo en el que solo me hundí, después de haberme estrellado. Fuiste ese coche en el que iba adentrándome en la vida, que tuvo un pinchazo en la carretera y que me dejó escapar. Nos dejamos escapar mutuamente sin saber que perdíamos gasolina. Es triste que ahora ni mi vida te importe un ápice de tu existencia, ni que tu vida ahora resulte causa de sobresaltos y desahogos. Tu felicidad, fue la pasajera que se quedó en la estación de tren y ahora se ha borrado literalmente tu asiento. No queda hueco. Es absurdo decir que ya no existe tu hueco, porque ese espacio nunca lo ocupará nadie. No se puede ir tapando a la gente por ahí, no podemos ir de hipócritas por la vida, ni diciendo frases del tipo, ya la he olvidado, ya no la quiero ya no significa nada para mí. No te he olvidado, te veo un día sí y otro también. Olvidar es ir a pasos agigantados por el camino y ni siquiera tener en cuenta las flores que pisas. No me siento en absoluto pisoteado. Pero si pisoteada por mí, mismo. Olvidar, es simplemente olvidar.
No es posible que no te quiera. No puedo dejar de quererte porque aunque ya no piense en ti habitualmente, sigo pensando que será de tu vida, porque tristemente me interesa como te va y que es lo que te preocupa. Y si que significas algo para mí. No puedo auto engañarme, si que significaste, significas y significarás ese soplido de aire fresco que necesitaba. No eres el elemento que me hizo madurar porque de eso yo pude encargarme gracias a ti, indirectamente. He creado una coraza tan fuerte, que a veces no me hace ser buena persona a pesar de tus intentos por convertirme en lo que tan orgulloso estoy ahora y que tuve que serlo para poder estar más cerca de ti. Si me preguntasen que es para mí la vida no sabría qué contestar. Supongo que para mí es todo aquello que toco que miro y que hago mal. Doy más valor a las cosas malas que hago que a las buenas. Supongo que es de lo único que me acuerdo, En este caso no me ayuda mucho tener una memoria tan selectiva. No distingo entre el bien del mal, creo que el destino y me he llegado a plantear muchas cosas que realmente pensaba que eran algo importante, ya sabes, un punto fuerte de mi pensamiento. Y no, no son importantes, ya no quiero que lo sean. Si tuviera que decirte algo te diría que gracias, gracias por haberme hecho a mí mismo. Gracias por contestar a mis cartas, por lo menos después de cómo te traté. No soy buena persona ¿sabes? Intento desahogarme escribiendo cuando lo único que consigo es darle tanta rienda suelta a lo que pienso que me pongo muy nervioso y no puedo pensar. En estos momentos, ya no sé qué decir.

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Segunda parte. ”Amor sueco”.

Él estaba sentado en el sofá blanco, muy pensativo. En pantalón de pijama y sin camiseta. Como haciendo yoga, con los ojos totalmente cerrados y una expresión seria que pronto hizo su mudanza.
– Buenos días princesa. Ahí tienes todo. Zumo, galletas de arándanos y algo de ropa en la silla. La tuya de ayer estaba bastante… bueno, ya sabes.
Ella se rascó la cabeza. ¿Cómo podía aquel hombre que apenas conocía saber todo lo que a ella más le gustaba para desayunar? Al ponerse aquella ropa, se asustó un poco. Todo la quedaba precioso. Era un conjunto de pantalón blanco de cintura alta y una blusa morada muy vaporosa. Un collar dorado y unos pendientes a juego. Sin contar el anillo que soñó una tarde en su mano desde el otro lado del escaparate.
-… ¿Cómo sabes todas estas cosas?
– Mira Valeria, yo no te voy a obligar a nada. Ahí tienes la puerta. Sé que no vas a entenderlo, pero yo te quiero. Me he enamorado de ti, llevo días buscándote en la noche, siguiéndote ahí donde ibas, preguntando en el trabajo por ti. ¿Ves aquella pila de películas que parecen de otra época? Son todas tuyas. De momentos robados.
El zumo cayó al suelo y ella se precipitó contra la puerta. Se quedó ahí mirándole antes de apretar con todas sus fuerzas, llamar al ascensor y salir corriendo de allí para llamar a la policía. Pero no lo hizo. Se acercó al mismo tiempo que él a la mesa y se sentaron a charlar largo rato. Era encantador, con un toque siniestro al final de la comisura de sus labios. Aguantó cerca de cinco minutos sentada. Se levantó. Él la miraba como si lo hiciera desde un mirador con unos prismáticos. En la lejanía.
– Ni siquiera sé cómo te llamas…
– ¿Acaso importa?
Ella le miró con ojos de ternura, vio la desolación en sus ojos y comenzó a besarle, primero con dulzura, y luego con rabia como si quisiera que ambos se fundieran por un momento en el infierno.
Cuando pudo reaccionar, estaba como la mañana anterior. En la cama. Pero esta vez su tobillo se resentía. Como cuando de niña perdió aquella competición de atletismo al saltar aquella valla y hacerse tanto daño. Una cuerda le sujetaba el pie fuertemente. Una llave enorme, como de cárcel en la mesilla de noche. Se apartó el pelo para poder ver bien todo lo que en la habitación había. Lo memorizó palmo a palmo. Estaba presa. Presa de un fuego que no sabía si ardía o la quemaba por dentro. La puerta tenía un cristal. La permitía ver el salón.
Pasó algo de tiempo. A veces la llevaba flores. Otras veces la sorprendía poniéndole ‘El conde de Montecristo’. Ambos reían pensando que ella era Edmundo, pero tras ese momento de complicidad, él la llevaba a ella hasta su cuarto en sus hombros, ella pataleaba y le arañaba la espalda, creyéndole hacer un daño interior. Llegaban a la cama y no podían resistir.

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Semanas después, él la dejó poner la televisión. Cada semana era un logro distinto que ella esperaba con ansias. Unas veces eran libros, otras veces canciones… Hasta llegó a dejarla usar internet, pero todas sus redes sociales estaban bloqueadas. Pudo incluso llamar a su casa desde un teléfono desechable para que la policía que ya había anunciado su desaparición no la encontrase nunca. Siempre las mismas palabras de ‘estoy bien’.
Un día él llegó, la desató de la cama, la cogió en brazos y la tumbó en el salón.
– Me llamo César. Así me llamo.
Ella se pasó la mano por la frente. Él estaba impaciente, ella había visto esa expresión muchas veces en sus ojos. Le abrazó. Y se convenció. Definitivamente no tenía ese síndrome, el de Estocolmo. No tenía frío, en absoluto. Cogió un libro del montón de la izquierda, y se lo tendió.
– ¿Podrías salir esta tarde a comprar un par de ingredientes para el pastel de frutos del bosque? Creo que nos hemos quedado sin ello…
– Cla…claro.
Estaba muy sorprendida.
– Genial. Me tengo que ir a trabajar.
Cuando sonó la puerta y el consiguiente cerrojazo, Valeria le dio la vuelta al libro. Parecía nuevo. Pero sus letras eran antiguas. Pasó la mano por la portada. ‘Cárcel de amor’.

Primera parte. ”Amor sueco”.

Todo empieza con la historia de alguien conoce a alguien. Mantienen una relación alejadísima de las características de un Bécquer y cualquier chiflado que ahora lee a Moccia. Todo era tan pasional que asustaba. Ni la mismísima Elvira podría haber soportado tantas idas y venidas, y no es que el fuese un Montemar cualquiera pero era algo malo en cuanto a expresar sus sentimientos. Quizá un día se acercaba a su ventana le tiraba un par de chinas y le sorprendía con la luz de la luna reflejada en su rostro y una rosa que si te fijabas bien tenía en el último de sus pétalos una lágrima escondida.
Ella sin embargo sufría muchísimo. No la interesaba, era ese sentimiento de contradicción lo que la estaba llenando ahora. No sabía si quererle o destrozarle la vida. Pero no sabía. No sabía nada de nada.
Desde el primer momento en que la vio su corazón ardió en deseos de llevársela con él al fin del mundo proclamarle su amor y encerrarla allí donde nadie pudiese verla. Como un tesoro, una pieza de caza, un secreto familiar que algún viejo loco se llevó a la tumba. Algo así.
Comenzó a seguirla a todos lados. Tenía sus horarios, lista de amigos, gente con la que quedaba, color favorito, película favorita e incluso sabía qué número calzaba de pie. Se moría por dentro al pensar que los zapatos de mujer que acababa de comprar en aquella zapatería de la calle principal que tanto la gustaba la hiciesen el pie bonito, y se estremecía al pensar que no pudieran quedarla bien. Su psiquiatra le dijo en algunas ocasiones que no debía obsesionarse con la belleza de una mujer, que la belleza se busca en las pequeñas cosas, en la contemplación de aquello que pensamos como bello. Y que en un momento de rigurosa contemplación, desviamos nuestra atención hacia otro objeto y que en aquella comparación encontramos lo absoluto, es decir la belleza del momento. El caso es que él no se conformaba. Encontró su ocasión un día de verano cuando ella estaba en una terraza, con unas grandes gafas estilo Audrey Hepbourn, y un vaso de zumo en la mano, que solo con mirarlo te parecía sentir en la lengua la pulpa de unos gajos cortados con delicadeza.

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– Sé que usted es periodista, la he visto cerca de un millón de veces por la televisión y me encantaría invitarla a cenar en un restaurante no lejos de aquí mañana a las ocho.
– Bueno, todo es tan repentino… ¿De qué se trata?
– Oh, no es nada, simplemente un cuestionario urgente a rellenar para una cadena norteamericana sobre el impacto televisivo en la juventud.
Se sorprendió al haberse inventado semejante mentira.
-…Verá soy sociólogo, y… vengo de lejos para este trabajo, encargado por la universidad…y… bueno podemos maquillar el trabajo con alguna conversación sin interés…
– Vale, acepto, estaré un poco más tarde tengo que cuadrar la agenda…
La tenía. Ahora solo le faltaba el plan. Chaqueta de traje, unos pantalones algo informales vaqueros, quizá algo rasgados por las rodillas y su encanto natural. Toque de colonia. Sonrisa perfecta. Atrevida. Llegada al restaurante.
Y ahí estaba ella. Algo azorada, tocándose continuamente el pelo. Eso era buena señal seguro. Estaba increíble.
– Siento haber tardado tanto.
Él le hizo un gesto al camarero.
– ¿Quieres pedir algo de beber?
– Sí, por favor… Un Martini. Rojo.
Tan sugerente como sus labios pensó. Se apartó el mechón de la cara y la sonrió. Estuvieron largo rato sin decirse nada. Ella parecía que temblaba.
Otro gesto cómplice dirigido al camarero. Y al rato pasó.
– Lo siento muchísimo, no me encuentro nada bien, no sé qué llevaba ese Martini… lo he pedido millones de veces, estoy como atontada…
– No te preocupes. Te llevo a casa. Cambiaré mis planes.
Me quedo un par de días más por aquí.
Lo tenía todo más que atado. Re-atado. La tenía.
Al sentarla en el asiento de atrás de su coche, tras haberle dado una generosa propina al guardacoches, la tumbó con todo el amor del mundo y el cuidado. La puso su chaqueta de cuero helada bajo el pelo olor jazmín y un rizo le tocó la mano. Estaba eufórico. Pero se contuvo. La quitó los tacones rojos, y cerró la puerta. Tener la sensación de que ella realmente descansaba en la parte de atrás del coche era un alivio para su torturado corazón.
Llegaron a su apartamento, él la llevaba a ella en volandas, como recién casados, como si recientemente hubiesen dejado de amarse, pero se hubieran reconciliado poco tiempo después. Ella estaba desfallecida, como ida, veía todo borroso, pero de repente se durmió. A la mañana siguiente se despertó en una cama, casi desnuda, pero vio una camisa encima de una silla de mimbre en una lujosa habitación de un apartamento situado en las alturas. Se extrañó al ver que la puerta tenía varias hendiduras de cerrojos, pero daban al otro lado. Aun escalofrío la recorrió la espalda, compartiendo al mismo tiempo el tacto con aquella manivela metálica envejecida.
Tenía miedo de que el apuesto hombre con el que había quedado y ella, hubieran hecho algo de lo que ella misma no se acordaba. Se maldijo una y mil veces. Para una cita que me han pedido de forma original desde hace tiempo y lo echo a perder… ¿cómo he podido ser tan tonta?
– Buenos días…
Se quedó con la boca abierta. No lo recordaba. Aquel piso era como un inmenso loft. Era enorme, entraba la luz por todos los sitios, tenía numerosos ventanales que dejaban que la ciudad entrase dentro, muy dentro. Un apetitoso desayuno descansaba sobre una mesa muy moderna. El piso era como muy ecléctico, cosas de aquí y de allí, de antes y de ahora. Pero todo casaba a la perfección.

Una de cisnes y flamencos.

Salió corriendo, gritando y haciendo aspavientos, y llego al cuarto de Ana. Su hija. Se habían llevado bien siempre. Ana era como ella. A ambas las gustaba vivir bien, tener montones de ropa y hombres que las adulasen al pasar, susurrándoles en el oído cosas que nunca en la vida conseguirían. Sofía se sentó en el sillón que Ana tenía en su cuarto de piel de leopardo. A esperarla. A que llegasen ella y los otros dos. En realidad solo quería verla a ella, era la alegría de su vida. Se reclinó y miró al techo. Había una foto de su hija y su novio Juan. Se lo regaló él cuando hicieron dos años y medio. Cuando Sofía lo vio colgado se frotó las manos pensando en el bodorrio que organizaría si aguantaban un par de años más. De repente se sintió incómoda, pero se dijo que no podía ser…

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Segunda parte. ”Te adoro”.

Salió corriendo, gritando y haciendo aspavientos, y llego al cuarto de Ana. Su hija. Se habían llevado bien siempre. Ana era como ella. A ambas las gustaba vivir bien, tener montones de ropa y hombres que las adulasen al pasar, susurrándoles en el oído cosas que nunca en la vida conseguirían. Sofía se sentó en el sillón que Ana tenía en su cuarto de piel de leopardo. A esperarla. A que llegasen ella y los otros dos. En realidad solo quería verla a ella, era la alegría de su vida. Se reclinó y miró al techo. Había una foto de su hija y su novio Juan. Se lo regaló él cuando hicieron dos años y medio. Cuando Sofía lo vio colgado se frotó las manos pensando en el bodorrio que organizaría si aguantaban un par de años más. De repente se sintió incómoda, pero se dijo que no podía ser, porque al igual que pasó con el chicle serían demencias e imaginaciones de un fantasma. Pero no. Era una foto de la mejor amiga de Ana, Cris, más bien ‘Cristinita’. Estaba como rayada, y alrededor de su rostro había un corazón enorme, como garabateado. Sofía, comenzó a asustarse. Empezó a abrir armarios, cajones, a buscar entre la ropa. Abrir, abrir no los abría, ya que tenía una vista nueva. Encontró cartas, e-mails en el ordenador. Su hija. Su preciosa niña. No le daría nietos en la vida. No la conocía, se había vuelto de pronto una extraña.
Avanzó como loca entonces por el pasillo de la casa. Vio a Karina entrar en el dormitorio de su marido. Ahora era la menor de sus preocupaciones. Entró en el cuarto de los gemelos. Se oyó un estruendo. Acababan de llegar los chicos, mucho antes de lo esperado, probablemente habían recibido la noticia. Vio a Ana, tan como siempre. Pero ya no era la misma. Sofía se dijo, y se maldijo. La tendría que querer igual, fuese como fuese. Pero no era así. Vio en sus ojos una tristeza extraña, pero un alivio por otro. Puede que lo entendiese un poco…

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Ahora los gemelos. Eran dos chicos altísimos y desgarbados. Cuando nacieron quiso que tuviesen dos nombres que casasen estupendamente. Y así lo hizo. Guillermo y Miguel. Uno estudiaba medicina. El otro era ingeniero. Ambos eran muy inteligentes y siempre habían sabido compaginar su vida de estudiantes con la que todo el mundo tiene o debería tener. Cuando entraron se sentaron en las dos sillas que tenían en el cuarto que compartían. Se conocían mucho. Vivían el uno dentro del otro. En ocasiones hasta pensaban igual. Se dispusieron uno frente a otro.
– Esto es un marrón… ¿Cómo se la ocurre? Siempre he dicho que estaba loca.
– Ya tío… pero ¿tanto?
– Creo que tenemos otros problemas hermano… ¿Cómo llevas lo de Bea?
– Bueno… ella dice que no quiere tenerlo, pero… no sé… sus padres aún no saben nada…Mañana iremos al médico. ¿Tú?
– Tío, estoy yendo de oyente a filología, y ya ni me paso por clase. He suspendido absolutamente todo. He mandado ya ocho manuscritos a las editoriales, me han cogido tres. Se acabó medicina macho.
Sofía corrió a la ventana de nuevo a tirarse. Pero esta vez cayó encima del árbol que estaba bajo la ventana de sus hijos. Se recompuso de nuevo, lo poco que quedaba de ella. Y se marchó corriendo de aquel barrio de extraños. Se dirigió hacia la parroquia que solía ir. Mientras tanto se escuchaba de fondo una canción antigua de la que Sofía no se acordaba su título. La echaba de menos.
Al llegar había un cartel en la puerta. Decía algo como que se había muerto hace una semana una vecina muy querida en el barrio, además de buena cristiana. Sofía no podía creerse que hubiera pasado ya una semana desde que murió. Cerró los ojos un momento y se agacho en cuclillas. Algunas imágenes vinieron a su mente. Se imaginó tumbada, mientras la pintaban y la ponían guapa para su último café. El de la funeraria de entre todos los objetos personales que llevó Pedro la puso los peores, que iban desde un colgante de su suegra al vestido de su propia madre cuando era joven. Vio a muchos familiares, vio a gente que vino desde el pueblo de sus padres, el barrio entero, la asociación de padres del colegio. Se puso muy triste al pensar que ya nadie llevaría galletitas con trozos de chocolate. Al pensare que no podría cotillear en la peluquería, que no pasaría el cepillo los domingos…
‘No pasa nada seguiré’. Para cuando se levantó se dio cuenta de que estaba rodeada de un montón de gente. Que todos estaban entrando a la Iglesia. Le importaba a la gente en realidad. Asique entró. Fue poco a poco viendo a todos. Reconociendo sus caras. Como aprendiéndoselas de memoria. Sería un castigo del destino que aquellas pecas de la segunda fila la atormentasen hasta que apareciese la luz. Y al final llegó al ataúd. Estaba abierto. Su sonrisa sonreía. Pero sus labios parecían no decir nada. Se tocó. Estaba fría, pero sin embargo le ardían las mejillas. El dique que había construido durante años estaba siendo destruido a pasos agigantados por unas lágrimas que se morían por salir, pero que no lo hicieron. Una vez allí, se sentó en las escaleras del altar, mirando a todos los que allí se reunían. Todos estaban bien separados y diferenciados. La mano de Cristina reposaba sobre la de Ana, mirándose fuertemente. Sofía se dio cuenta de que claro que quería a Ana. La quería hasta si se rapaba la cabeza. Sonrió.
Karina agarraba el brazo de Pedro y le daba un pañuelo de tela. Guillermo había traído a Bea, quien solo miraba al suelo, como si fuese a hallar la respuesta. Miguel escribía en un bloc de notas con la pluma con la que su madre siempre escribía la compra. Muy pensativo, muy concentrado, muy Miguel.
Estaban sus amigas del colegio, las de la universidad y las cotillas del barrio.
Había tanta gente que no supo si contarlos. Contar a todos aquellos que sufrirían con su pérdida. Los que morirían sabiendo que le ocultaron parte de lo que eran al no decírselo. Pero se dio cuenta de que no sería así. Que nadie sentiría dolor, tampoco angustia. Sonó de repente aquella canción… ‘Sobreviviré’, pero en tono lento… La ceremonia pasó a cámara rápida. Las velas se derritieron. La curiosidad había matado al gato. Más bien a la gata. Se fue a algún sitio feliz. Un sitio que no sabe nadie.

Había amado aquella vida.

Parte 1. ”Te adoro”.

Todo sucedió en Madrid.
Sofía se levantó aquella mañana sin saber porqué, se vistió de domingo y se tiró por la ventana. Pensaba que no iba a dolerla en absoluto, que sería totalmente pasajero y así fue, no voló muy desencaminada. Su marido probablemente estaba durmiendo todavía, sus hijos estarían en el colegio. Su marido aún dormía porque aquel era el día de su aniversario y él había pedido un día de vacaciones. El bueno de Pedro. Allí tirada encima de un coche de alguien con la cara de otro mundo y el codo en Cuenca se le cayó un zapato al suelo. Era como estar tumbada en la cama de los masajes de Fujishiro, su fisioterapeuta, con el cual mantenía un idilio desde que llegó a España desde Japón. La encantaba el sushi.

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No podía moverse y gritaba y gritaba, diciendo que estaba bien, mientras una multitud se agolpaba rodeándola sin ninguna consideración. Se oían voces como: ‘’Esta Sofía, tan exagerada como siempre no podía haberse esperado al fin de semana, no, en medio, como el jueves’’ o la voz del carnicero ‘’Pues me debe la carne que cocinó en Nochevieja para su suegra, qué lata’’. No podía creerlo, acababa de tirarse por la ventana, había sobrevivido a ella. Vale, no podía moverse, pero pronto podría. Y la gente lo único que podía decir eran pestes sobre su persona. Cerró los ojos para reflexionar un momento, y cuando los abrió se alivió al verse rodeada de gente, de esa gente que hace unos instantes habían sentido lástima de ella ahora la rodeaban y la tocaban con el frío de la calle con esos perfumes de señora mayor baratos y aquel sabor a tabaco del ambiente. Cuanto cotilla junto.
– Menos mal que ya estoy levantada, creí que no me podría levantar de ese coche de autoescuela abollado en la vida. Estoy feliz, he comprobado que soy una súper-mujer, le dijo a Doña Concha.
– Ay esta pobrecita, qué vida llevaba, si es que no somos nadie.
– ¿Me ha escuchado usted? ¿Tiene regulado el audífono?
Pero doña Concha y su abrigo de piel de mastín no la escuchaban. Se abrió pasó entre la multitud sin ningún tipo de dificultad y se vio doblemente. Primero miró sus manos temblorosas y luego aquellas que reposaban tranquilas. Había cambiado de súper heroína en cuestión de segundos. Ahora era la mujer invisible. Se acercó a su cuerpo sin vida y se tocó la mano a sí misma. Durante un momento se metió dentro de su cuerpo para recuperarse. Lo había visto en una serie malísima que ponían todos los días. Pero no dio resultado, lo único que consiguió fue que de repente su mano se levantase por arte de magia como si estuviese dando una bendición o algo así y un tremendo estupor entre el público que allí se congregaba. Le recordó a aquella vez que fue con los niños al circo y estos se maravillaron de que el domador de leones tan pequeñito cupiese dentro de la boca de aquel gran león sin que se lo comiera.
Total que allí estaba Sofía apoyada en el coche intentando echar a aquella gente que ni si quiera la veía. De repente centró su mirada en el suelo y vio que un chicle descansaba bajo sus Manolos, y se enfadó muchísimo, porque tendría que pedirle a Karina, que se los despegase al llegar a casa. Pero no hizo falta, porque cuando retiró su zapato de aquel chicle, comprobó que ni si quiera tenía ni un poquito de aquella goma rosa. Tendría que ir adaptándose a su condición. Cada vez había más y más gente allí. Desde la vecina curiosa que siempre la estaba espiando en el rellano con el gato entre sus manos, hasta las chicas de la mercería de la esquina. Y entre ese donut de gente imaginario, miró hacia el cielo, arrepintiéndose de la vida que había tenido. Y vio a su marido en el balcón. Con la cara desfigurada psicológicamente, en calzoncillos, calcetines, las zapatillas de cuadrados que la espantaban y aquel albornoz que habían cogido de un carísimo hotel en Turquía. Era horrible. Así que le gritó:
– Pedro, no te hagas el sorprendido que subo y te mato, para que vengas a ver esta escenita conmigo.
Comenzaron a llegar las ambulancias, la policía, en fin, todos los servicios de la comunidad de Madrid. Sofía dio un último vistazo a su cuerpo. Bueno, al menos tengo el pelo divino, se dijo para sí. Y alejándose de aquella multitud subió a su casa. Estaba triunfante totalmente victoriosa. Vería sufrir a los suyos, vería como la echarían de menos, y se pasarían llorando la vida entera hasta que su recuerdo quedase únicamente en la foto de su boda, aquella en la que salía con aquella flor que le había dado su abuela, aquella donde se la veía felizmente abrazada a la chaqueta de Pedro, que le quedaba tan bien… Se le empañaron los ojos… pero volvió a la euforia al saber que podía atravesar las paredes podía ir donde quisiera. Ahora sí, que era libre. Pero a pesar de poder atravesar el cemento al llegar a su dormitorio y ver a Pedro se quedo petrificada. Le miró. Estaba tal cual le había dejado. Solo que ahora estaba sentado en el borde de la cama, en su lado. En el lado de Sofía. Comenzó a coger todas sus cosas a meterlas dentro de una caja de flores cuidadosamente, sin prisa. A veces se paraba a contemplar alguna joya que le había regalado en el día de su cumpleaños, o aquel pétalo de rosa que ella guardó entre los libros hasta que se sacó, como muestra de haber pertenecido a un club mayor alguna vez, a un ramo enorme de rosas con tarjeta. Sofía le gritó:
– Qué haces tarugo, acabo de morirme y… ¿ya me estás echando de tu vida?¿ Qué hay de eso de dejar las cosas tal y como estaban, incluso la marca en la cama? Yo haría eso por ti…Lo hubiera hecho.
Siguió contemplándole en aquella laboriosa tarea. Incluso hasta que terminó del todo. Cuando lo hizo, se tumbó en su lado de la cama, colocó la sábana en el lado de Sofía, y se levantó de pronto. Abrió su mesilla de noche, cogió la cartera y sacó una foto pequeña de una mujer rubia, con los ojos enormes de castaño alegría y la miró. Era Karina. A Sofía se le heló la sangre. Si se puede más aún.

Tercera parte. ”Carmín y pintauñas.”

Y llegó, como las cosas que llegan en la vida así sin avisarte ni nada, pillándote en camisón. Se sentó a observar la gente que pasaba, e inusualmente, se puso sus gafas de sol. Alzó la mirada, y una lágrima cayó por su mejilla. En ese momento era algo feliz. Se limpió, y para cuando quiso levantar la vista al horizonte, se topó con un rostro conocido…pero la palabra era familiar. Como olvidar esos hoyuelos.
– ¡Eri!
La mujer a la que gritaba estaba sentada, frente al lago, pintando. Se acercó corriendo y surgió la magia.
– Paloma… lo siento, siento no haberme comunicado contigo, ha sido tan difícil, me ha cambiado la vida tanto…Cuando quise comunicarme contigo, vi que te habías casado y que tenías lo que todo el mundo quiere tener. Una vida.
Aquello era mejor que los sueños. Nunca había imaginado nada mejor.
Estuvieron toda la tarde charlando, riendo. Algo como antes pero sin prisa. Pero se hizo tarde y ambas recogieron todo lo que se habían perdido la una de la otra y lo guardaron como un tesoro. Es difícil describir, resumir o contar, es decir, usar la palabra para expresar algo que únicamente se podría comunicar a voces. Eran las dos, pero también una.
Paloma cogió el metro no sin antes tenerse debidamente en comprobar que en su libretita tenía apuntado cómo localizar a su pieza del puzle recién reencontrada.
Llegó a casa y se extrañó. La luz del cuarto estaba encendida. La del dormitorio. Y el resto de la casa descansaba en silencio. Le daba mucho miedo el momento de atravesar el cerrojo de la puerta con su llave rosa chicle. Pero lo hizo.
– José… ¿Estás? Siento el retraso…
Silencio.
Dejó su bolso y comenzó a subir las escaleras con mucho cuidado. Se escuchaban los riegos nocturnos de los jardines de alrededor, la puerta estaba abierta.
La puerta del dormitorio, estaba entre abierta. Antes de entrar a él la colcha de flores por el suelo justo antes de atravesar el umbral. Abrió…con la mano temblorosa.
Y ahí estaba él. Vestido de Rita. Sacándose fotos. Encima de un taburete sobre el tocador de ella. Peluca rosa, pintalabios y las uñas pintadas. Un traje que a ella le encantaba para ir los domingos a misa. Y el collar de perlas buenas que su madre le regaló al morir. Se sobresaltó tanto cuando la vio en el umbral de la puerta que se cayó dándose un gran golpe contra la encimera. Las manos de Paloma volaron a su boca. Se la tapó fuertemente reprimiendo un grito de dolor. No sabía si llorar o llorar. No quería saber si se había hecho daño. No fue a socorrerle. Se quedó inmóvil. Como la Venus de Milo, pero en lugar de tener cortados los brazos, le cortaron las ganas de volar, pero no de vivir. José Ramón se recompuso con el maquillaje corrido y algo desorientado. Sus ojos destilaban ira. Paloma instintivamente empezó a correr. Él detrás. Le alcanzó a la altura del primer piso. Y la tiró escaleras abajo. Una vez en el suelo le dio una patada en el estómago. Paloma tragó saliva pero se dio cuenta de que no podía tragar nada más. A continuación recibió otro impacto en el ojo derecho y se tapó la mano con la cara y con el pelo. José no dejaba de gritar, de excusarse de sentir que estaba enfermo y que necesitaba la ayuda de ella. Ella no quiso escuchar más y se dejó ir. Se dejó ir entre gritos, los golpes de él contra todo el mobiliario de la casa, contra las ventanas, y lo más importante contra él mismo. Pero Erica que apareció por la puerta en el punto álgido de aquel drama griego no la dejó ir. Pero ella se apagó, desconectó.

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Cuando se despertó vio su vida pasar en imágenes. Estaba francamente mareada. Y tenía una vía puesta en el brazo
– Pobre muchacha. Menos mal que su hermana le dio al tipo con la lámpara en la cabeza. Pero qué lámpara. Qué bonita era…qué pena de lámpara.
Abrió ligeramente los ojos y vio a su marido esposado al lado de la ambulancia. No volvería a acercarse nunca más. A su lado Eri cogiéndola de la mano fuerte, pero apenas sentía dolor, sólo náuseas. Y sentía lágrimas incontrolables que no paraban de brotar. Su hermana hablaba con el ATS, también con un policía, que a pesar de su estado Paloma le pareció ver en él a un rebelde James Dean. Prestaba declaración policial. No le temblaba la voz. Era como un huracán.
– …Me la encontré tirada en el suelo y él estaba…bueno ya saben, de aquella manera vestido muy nervioso. Se asustó porque no sabía quién era y empezó a chillar, casi me rompe los tímpanos. Vi a mi hermana ahí tirada. Y cogí la primera cosa que ví y se la tiré a la cabeza….
– Le ha causado graves daños en el cráneo, pero se recuperará…en este caso la defensa está autorizada…
– No importa que lo esté o no. Le seré sincera. Mi hermana tiene que vivir. Que empezar a vivir. Porque vivir así no es vivir si no morir un poco cada día. Aún tiene que ver los colores al amanecer, tomar pastel recién hecho y quemarse la lengua con él. Tenemos que irnos de vacaciones juntas. Porque se tiene que recuperar. Nos tenemos que recuperar.
– Entonces, interpondrá usted una denuncia, o quiere que llamemos a alguien, contactar con el abogado o con el médico para que le haga un parte e incluirlo…no sé.
– Déjelo en mis manos.
Paloma sonrió, porque ella había vuelto y estaba bien.