Experimento 1.

Estoy asistiendo a un curso maravilloso de escritura en el Cervantes. Nos han propuesto que elaboremos una historia a partir de un personaje dado con anterioridad. En este caso se trata de Andrè Maginot, a algunos quizá os suena su estrategia defensiva durante la primera guerra mundial, la de la línea cuyo nombre es el apellido de este. Yo también lo desconocía hasta hace poco. Es decir, no tenía ni puñetera idea. Por no decir otra cosa. Buscadle en internet, la Wikipedia no está mal, al menos orienta las fechas. Que nadie lo cambie.
Espero que lo disfrutéis casi tanto como yo al escribirlo. Comencemos.

Parecía que las flores estaban más abiertas que nunca, como abrazando lo invisible, y que el sol brillaba transmitiéndole ideas felices a través de sus gafas de sol. Llegaban nada más y nada menos que desde el otro lado del Atlántico. Aunque no le cayeran bien los americanos, sabían cómo mantener la posición y el estilo, sobre todo este autor…Hemingway. Los compañeros de gabinete, sobre todo ese Hèrgè Giulliot, se habían reído a mandíbula batiente durante un período de tiempo que pareció una eternidad. O al menos eso pensó. La verdad es que no le importó, él estaba por encima. Y lo que realmente tenía valor para él es que el papel plateado que envolvía la Fiesta, reflejase la sonrisa de Marie al abrir el paquete, y que además retratase la escena. A lo mejor era mucho pedir, una mujer feliz, junto a su exitoso marido, abrazándose como antes, como ahora, y hasta la muerte. Maldito Hèrgè.

Tengo que disponerlo todo tan rápido, que no sé si podré. Tantas tretas, tantos engaños, tanto de todo para que en diez minutos escasos estalle la guerra en un piso en el lateral de los Campos Elíseos. Ella se imaginaba corriendo a través de las olas, el efecto que produciría el aire al acariciar los campos quemados de Castilla. Llevaba meses preparándolo todo. Mintiendo. Falseando gestos, aprendiendo otros nuevos. No quería parecer distante, por eso transigía a los besos de su marido. Llegó a odiar a todos los hombres que veía por la calle que lo tuvieran. Independientemente de quien fueran. Porque siempre veía a André. A André siempre. Y a ningún otro. Como aventuré y no terminé, prosigo. Marie se había carteado con una compañera que conoció durante la guerra. Tenía gracia, pues se llamaban igual pero procedían de otro lugar, aunque fuesen almas gemelas. Como Marié quería la felicidad de Mery, y ésta se había casado con un tal Antonio Pascual-Giménez, pues qué mejor que ir a conocer el país vecino. Se había permitido sentarse a divagar. Pero algo le dijo que se centrara. Le vio caminar por el parque desde la ventana. Tembló. Volvió a lo que estaba haciendo. ¡Céntrate, céntrate, libertad!

Se palpó cada uno de los bolsillos de su chaqueta, los del pantalón, incluso llegó a palpar el paquete. No tenía ni idea de dónde podía haber dejado las llaves, pero le reconfortó pensar que hacía cuatro meses que había contratado a James, y que le pagaba para algo, aparte de para pasearse por las calles de París con su coche alemán sin su permiso. No tenía ninguna intención de despedirle, hacía reír a Mariè con sus chistes de humor inglés, que aunque él no entendiera se reía. Siempre la gente que le había rodeado a lo largo de su vida le consideraban un hombre inteligente, de hecho llegaron a hablar de él como un auténtico erudito sacándole los colores que no tuvo nunca en su vida, siempre se había considerado algo gris, hasta que apareció la mujer que le pintó. Estaba cada vez más cerca del umbral de su casa. Del portal. Veía nítidamente a Emile, su portera. Seguro que le contaba algún chisme. El día no podía ser mejor.

Tenía la maleta hecha, ya había dejado la nota con el pañuelo que tenía bordadas sus iniciales, y su pintalabios rojo. Todo en el tocador. Sabía que André lo registraría todo. Hasta el último rincón de aquella casa que le apresaba y que sin embargo tenía un refugio entre tanta oscuridad. James le había ayudado. Un día caminando por el pasillo, se dio cuenta de que un tablón del suelo se movía. Los dueños anteriores habían hecho un agujero en el suelo tremendo, entre plantas. El ascensor hacía mucho ruido, y cuando hicieron la primera prueba y Mariè estuvo apenas un par de minutos ahí dentro, James tuvo que sacarla corriendo, llena de polvo y de serrín. Pero ya todo estaba arreglado. Echó un último vistazo a la habitación y pasó la mano por la cómoda. Fue corriendo a la cocina donde James miraba pensativo la baldosa rota con la flor de Lis, que fue el detalle visible que no quisieron quitar al adquirir el inmueble. Allí vio a Sandy, le abrazó fuerte. Se miraron un momento, y al otro un brazo fuerte que acababa de apagar el cigarrillo en la encimera la arrastró hasta el pasillo. Abrió el portón, con una seguridad que daba miedo le metió con cuidado allí abajo. Le dijo que ya le avisaría, que estuviese tranquila. Suspiró. Lo último que llego a oír con tanta nitidez, antes de que la sangre de su cuerpo se concentrase creando un desequilibrio nervioso, fue la alfombra persa que cubrió la trampilla. Y tras eso, unos pasos firmes alejándose.

Tenéis que escuchar a Leonor Waitling y su grupo. Marlango. Son bien. Disfrutad la tarde de sábado.

Mi abrazo busca tu forma, tu voz desde lejos se pierde en la sombra. Dónde vas sin mí.



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