Tú eres Simon, yo Garfunkel.

¿Se puede ser tan sumamente inteligente como para llevar unas Ray-Ban de pasta sin aparentar?
La respuesta es sencilla. Del muchacho del que hablo, o del que voy a hablar, se sentó a mi izquierda el otro día en el metro. Iba leyendo un libro que él mismo había escrito. No me preguntéis cómo lo sé, es intuición. Si las mujeres de este planeta desenmascarasen ese mundo secreto sería el fin. No para de abrir el libro que tiene en la mano por cualquier página, de sonreír y de mirarnos por encima de las gafas. A lo mejor era yo la que se estaba equivocando, y estaba juzgando un libro por su tapa, y el chico tan sólo trataba de exteriorizar su gusto por la literatura. Pero no me lo creo. Además están leyendo poesía. Por Dios, ¿quién lee eso ahora?

Sin embargo,ahora, caigo en la cuenta de algo que me importa, no siempre, pero sí con frecuencia. ¿Podemos llegar a tener miedo de perder cosas que no tenemos?Yo lo tengo, porque me paro a pensar en la cantidad de libros que no están a mi alcance, de todas esas personas que me voy a perder, y de todos los momentos que no podré escribir o vivir.
Es extraño cuando te encuentras en un grupo de amigos que cuentan momentos que se desarrollaron cuanto tú no estabas presente , y en cierto modo muere algo de ti, aunque no sea cierto, y llores de risa escuchándolos.Quizá lo que perdamos se recicle y alguien lo use por nosotros y nos lo transmita a la larga de una manera mucho más enriquecedora.
Esto me lleva a reflexionar sobre la importancia que tenemos que otorgarle a las cosas, sobre todo a canciones como la de Personal Jesus de Depeche Mode, que escucho ahora y que me está ayudando a escribir esto.
Con las personas debe pasar algo parecido, y si no calcado. Nos perdemos en cosas que son superficiales a más no poder, pararnos a pensar cómo llego alguien a nuestra vida me parece interesante. ¿Lo hemos elegido o nos han elegido? Es interesante, a más no poder.

Ahora mismo escribo mientras camino por el metro y creo que pronto, si no ya, me llevaré a alguien por delante. Subiendo las escaleras tras caminar un poco más, hay una pastelería, que huele a palmera de chocolate compartida, con los labios rebozados de ese ungüento que ahora mucha gente usa de exfoliante. Y yo pienso, desde la indignación, as usual, que es un gasto demasiado gratuito e innecesario.
Abro la puerta y me da el frío un bofetón en la cara, la señora que me abre la puerta amablemente no ha aceptado mi gracias. Al final de las escaleras hay una chica con unos zapatos rojos. No es Dorita. Son de época, antiguos como de la Belle Époque. No voy a decir que os lo dije. A todo esto un todoterreno no para de pitarme mientras yo bailo ”Un dos tres, un pasito pa’lante María”. Me acaba de insultar. No sé cruzar los pasos de cebra. Quiere atropellarme. Él se lo pierde.

Lo que no podemos dejar de lado o perder, es el ser educados , y por eso ahora saludo con un buenos (días, tardes, noches, lo que sea) al conductor del autobús, pues porque así soy yo, as often. Nunca debiéramos perder la educación pero hay algunos que la tiran al arroyo que desemboca en un río lleno de piedras para desembocar en un mar atormentado por el vendaval. Esta palabra no suelo usarla mucho, pero bueno como ahora escucho a Vetusta Morla, pues es lo que hay.

Miro por la ventana del autobús, y veo a muchísimos figurantes, como yo, que adornamos la calle, mi calle. Quisiera descubrir cada uno de los universos paralelos que me abrazan, escribirlos al menos, pero no puedo porque entiendo que es labor de todos recoger la vida. Y con esto creo que lo voy a dejar ya, que me estoy poniendo mística, que no es que no me guste, pero es que ahora en cuanto llegue a casa tengo pescado.
Las hojas a medida que camino, van cayendo de los árboles y siento que me he perdido el cambio de color. Pero lo más probable es que lo haya vivido y no lo haya valorado, como tantas personas que he conocido, algunos lugares y un par de experiencias.

Miro a un lado y al otro de la carretera. Vuelvo a decirlo. No quiero que me atropellen. No querría perderme el resto de mi vida ni la de nadie. Ni tampoco al chico que se sentó a mi lado, al que probablemente no vuelva a ver, salvo a sus libros, que en un futuro leeré sin darme cuenta. No le pregunté quién era. Ni quién sería para el resto de nosotros y para con el mundo.

Este grupo es maravilloso.

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