Puede que sea Madrid.

Dedicado a mi amiga Nela. Cuando la conocí, en clase de latín, le pregunté su nombre, porque pensé:- ¡Qué chica más maja! Y cuando me lo dijo asentí y sonreí, pero no lo había escuchado bien. Al rato volví a preguntárselo con algo de vergüenza. Me explicó que su nombre era por la novela de Galdós, algo de familia, muy sentimental. Luego me dijo que tocaba el chelo y la semana pasada que escribiese algo sobre música. Pero se lo dejo a ella, porque yo no manejo el tema. Ella si que es música.

Y de pronto, ella dijo que había nacido para ser princesa, más bien dijo algo como:- Mi padre siempre me lo dijo, ‘tú has nacido para ser princesa, para que te traten como una reina, para vestir de altares, para que te mantengan’.
Él, que en ese momento iba conmigo, caminando a mi lado, pero sin tocarme, me dijo que aquella mujer lo más cerca que estaría en toda su vida de la buena vida, o de la senda de la iluminación, sería sentada en los santos bancos de la Iglesia. -Parece sumida en la oscuridad- dije bajito. Siguió hablando y dijo que lo más caro que probaría aquella mujer, probablemente, esa noche fuera el vino Conde-Duque del cartón que le ofreciese uno de los hombres que le rodeaba. Y por supuesto, que ni hablar de altares, puesto que lo más cerca que nunca llegaría a estar sería en los escalones de la Iglesia en los que se sentaba y pedía. Añadió que su padre, sería uno de aquellos ‘chulos’, quién sabe si solo por esa noche, o por todas.- Recordará los nombres de las calles en las que estuvo, no de los hombres con quienes las cruzó- me dije a mi misma. – Camina- me animó él.
Nos perdimos en el frío y en la oscuridad de la noche, bajando la calle del Pez despacito. Las suelas de sus botines al pisar cada piedra del suelo mojado, hacían que la situación se volviera más resbaladiza, si cabe, entre ambos. Parecían latidos de un corazón autómata-clac, clac, clac- curiosamente acompasados con los que emitía el corazón de Pura, la señora que se agarraba fuerte el bolso, y se tocaba de vez en cuando la cadena que tenía al cuello. Era de oro, del bueno, no bañado, regalada por Pepe.
Aquella noche había decidido bajar a dar una vuelta porque su marido aun seguía bebiendo en el bar. Le encantaba ir a la Iglesia, pero era viernes por la noche, nada en la televisión, nada en la vida. Decidió ir de todas maneras. La muchacha que pedía por las mañanas, estaba ahí con otros parroquianos, todos nobles de los de ”lanza en astillero”. Ella no lo sabía, pero aquella noche se produciría una muerte en la corte. Yo tampoco.

Por cierto Nelachelo, que así es como te llamo, tengo escrita tu canción. Sabes que tienes que cantarla y ponerla la música, ahí lo dejo.

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