Somos débiles.

Creo que la prueba evidente de la chorrada que lleva por título esta nueva entrada son los cuellos altos. Yo sinceramente sospecho que van de inconformistas…todo el mundo sabe que el cuello es una parte fundamental de nuestro cuerpo y… que está claro que si el pez muere por la boca, nosotros, todos, morimos por un par de besos en el cuello. No quiero que idealicéis una imagen bélica de dos personas, peleándose:- No te muestras tal y como eres, porque no enseñas tu cuello- Quizá no seas la persona adecuada- ¿Perdona?- Si no te muestro mi cuello es porque no eres la persona. En fin creo que definitivamente me volví loca.
Realmente puede ser que con este frío debamos escondernos tras el algodón,la lana, y algún otro tejido sintético ‘made in Amancio Ortega’. O cualquier otro. Pero toda este montón de pensamientos rápidos que tengo muy de mañana y que escribo de tarde en tarde, me indican a reflexionar sobre la intimidad, la privacidad y el uso que hacemos de ella, o que hacen otros de lo nuestro.
Me pongo la bufanda alrededor del cuello tapándome la boca, soy bastante insegura en algunas cosas, y ahora con la tontería del flequillo pues trato de hacer que lo único que pueda verse de mi cara sean mis ojos, ocultos bajo mis gafas. ‘Gafapasta’ de esas que se llevan ahora. Que por cierto el otro día vi a varias chicas con ellas, unas sin cristales, otras sin graduación rollo ‘me pongo esto porque ahora se lleva y parezco más independiente’, pero no. Si quieres destacar entre la multitud ponte un pañuelo ‘espumillero’, o un par de bolas de Navidad en las orejas en plan pendientes. Causarás sensación en el hogar del jubilado, en el desfile de Lagerfeld, que te echará a patadas, y en un funeral. La Navidad se acerca y seguro que es lo más indicado.
Siempre llego tarde a todos los sitios, pero no soporto que nadie me deje plantada ni un minuto como un ficus. Debo empezar a plantearme el atasco neuronal que padezco. Mi portero, creo que ya os hablé de él confirma la teoría que debatía con mi amigo Marcos ayer. Todos somos personajes de una gran historia, y cada autor se dedica a robar un pedacito para huir, saltar la frontera a otro país y publicar. Y ser famoso. Y comprarse una casa. Y un libro el el Rastro, de las cajas de ‘a un euro’. ¿Cómo pueden vender La vorágine a un mísero euro?. Nosotros somos iguales con la intimidad de todos. En España como dijo el otro día Rey Hazas, el deporte por excelencia es ‘el qué dirán’, y lleva razón porque basta que le cuentes algo a alguien para que salga publicado en cualquier tipo de red social, mensaje de texto y periódico que tu padre compra en el kiosko de abajo junto a un paquete de chicles de clorofila fuerte que acabarás robándole. Aquí todo es robar, sustraer, trapichear con información de todos. Debo dejar de saltarme tanto el tema, es que lo hago continuamente.
Digo que siempre llego tarde a todos los lugares, porque salí corriendo de casa, me crucé con Carlos, que se rió de mi hasta arriba de la calle porque siempre que me ve salir voy armada de todo tipo de trastos, como una mula, salgo como un elefante en una cacharrería. Una vez en la parada de bus me la encuentro. Es una señora que lleva un libro que tiene las tapas rojas. Es de Soledad Puértolas la de Queda la noche. Ya van tres días seguidos encontrándomela y tengo miedo porque he ido viendo el avance que hace de su lectura y calculo que en un par de días se lo habrá terminado y puede que no vuelva a saber nada de ella. Llevo tres días invadiendo su intimidad. Supongo que sabéis cómo van en Madrid los autobuses, aparte de llenos, especialmente el número 67, que por la mañana parece que pone un cartel destino Torrevieja o Benidorm. Bajo la media de edad en un cincuenta por ciento. Ella, que desconozco su nombre, se sienta en la izquierda, donde hay una barra y un cristal, que hay dos sitios por fila, pero ocupa el exterior y deja sus cosas en el asiento de al lado para que nadie le moleste. Anteayer me subí antes que ella y me senté en el otro. Ella me miró sin decirme nada porque yo iba escuchando música y haciendo como que miraba por la ventana distraída mirando las cosas que veo diariamente por mi barrio. Peluquería, papelería, panadería… pero no puedo observar más lo que el mundo tiene para mi, y la miro, miro el libro que tiene entre sus manos y leo algo como: ‘Fuimos desfilando uno por uno, por el borde de la piscina…’ Y de repente salió de su lectura y se me quedó mirando fijamente. Le había invadido. Me bajé triste y algo pensativa del autobús, para después subirme a otro. Yo no era así. ¿Pero…cómo era yo?
Cuando llegué a mi universidad fui bajando la calle, donde la esquina del colegio…un charco enorme a mi derecha y algo de campo a mi izquierda. Me pareció ver en la cafetería azul a mis amigos, pero era imposible distinguirles bien, ni si quiera tenía el modo parabrisas activado en mis gafas. Un coche rojo pasó por mi lado. Y me caló. Qué frío. Estoy mojada. Ya sé qué les pasó a aquellos que fueron hacia la piscina… Prometo no volver a inmiscuirme en nada. Y respecto al cuello vuelto… creo que el espacio que crea es perfecto para dejar a nuestra persona favorita pasar.

Marianela, Nelachelo, Chelito, ma chèrie, mañana tendrás a la música, en lugar de oírla la leerás.

”Those were our times…those were our times”.

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