Mi valiente amiga Irene.

Accedimos a la sala no sin antes haber pasado un control en el que ni si quiera nos pidieron el DNI. Fue una suerte que pudiésemos encontrar la entrada tan barata por internet, pensamos, y ayer cantábamos victoria mientras entrábamos, con unas copas de más, que era bien. Nos habíamos maquillado de calaveras del día de los muertos mejicanas, eso tres amigas mías y yo. Otras dos sosas simplemente eligieron unas camisetas muy chulas de calaveras, y luego digamos que tuve dos amigas o dos muñequitas diabólicas con un tutú graciosísimo, y muy cursi. Estábamos algo pensativas porque no sabíamos si el trabajo y el tiempo que habíamos empleado en el maquillaje acabaría desapareciéndose, borrándose o alguien lo haría por nosotras. Como el estúpido que me quito el cigarro de la boca en la salida del metro de Lago. Hay cosas que no entiendo, y que tampoco llegaré a entender.
Estuvimos bebiendo fuera, pues como siempre, yo creo que por eso decidimos sentarnos en el mismo tramo de carretera donde estuvimos dos años atrás, cuando fue lo del Klubbers. ¿Os acordáis mujeres? Nos hacemos mayores, para tanto trote.Si que es cierto que esperamos quizás demasiado de la noche, pero cuando tienes diecinueve años, estás con tus amigas, con cigarro y copa en mano puedes llegar a creerte infinita. La noche se postra ante ti, y que se atreva alguien a pararte la vida.
Atravesamos la noche, disfrazadas, por el campilo, subiendo una ligera cuesta hasta llegar a la puerta del sitio. Unas vallas, esquivar a un par de personajes, solo por si acaso y llega la euforia. ¡¡Estamos dentro, estamos dentro!! Y nos querían timar con el precio de las entradas…la vida sigue. Una vez dentro compraron algunas consumiciones por si acaso, nunca se sabe cuando vas a echar de menos el frío de los hielos, la vitalidad de los colores de una pajita en espiral. No queríamos ir al ropero, así que todo a la mochila, que para eso se lleva a la espalda. Bajamos dos pisos de escaleras, y allí estábamos nosotras. En medio de la multitud. Esperando a ver al chino. Al del pelo largo. A Steve Aoki y su ‘No beef’.
Como un germen que se expande, como un bostezo que se contagia, como cuando te estás pintando y sin querer vas más allá… una ola de pogos empezaron a gestarse. El tsunami formado nos arrastró a tomar la decisión de marcharnos de la sala e ir a un sitio más tranquilo del recinto. Pero el mar es la mar, y nunca se sabe qué pasa con el agua. Nos vimos de pronto en una pequeña salida, que en realidad se asemejaba más a un pasillo. Como famosas, dos amigos detrás, otra algo más cerca dos delante y yo intentando ver qué pasaba. De repente el espacio se estrechó, apenas podíamos movernos. De pronto respirar se convirtió en algo necesario. No valoramos las cosas cuando contamos con ellas de antemano. Rosa a mi derecha, Irene a mi izquierda. Perdí a Xupi cuando cerré los ojos un instante. Un chico disfrazado de indio me ayudó con Rosa, a Irene le perdí. Le perdimos entre la gente, se hundió en la masa, al grito de muchos otros- No puedo más, no puedo más, quiero respirar, no puedo.-
Tras una hora y pico, seguíamos ahí, sin poder hacer nada. Sin que nadie pudiese hacer nada. Por no sé qué razón no nos dejaban salir los de seguridad. No paraban de decirnos que nos echásemos para atrás, cuando era algo físicamente imposible, encima una persona había tirado una bengala, haciendo que nos asustásemos aún más. Se oyeron un par de gritos, un par de chicas en el suelo incoscientes. Las empezaron a reanimar.
Conseguimos salir, pero Irene no estaba. Cuando fuimos a subir las escaleras un chico me dio en la cara, le insulté y la chica que iba con él detrás me tiró al suelo, pero ahí estaba Rosa, dando la cara por mi.
La estuvimos buscando por todo el recinto, la estuvimos llamando, no sabíamos dónde estaba. Nos asustamos mucho hasta que cogió el teléfono. Era un chico, estaba con Irene, ayudándole, nos esperaba hasta que fuésemos a por ella. Fuimos a buscarla, tampoco estaba. Ése chico le llevó afuera, le dejó en un sitio seguro y fuimos corriendo a por ella. Ana Irene y yo nos fundimos en un abrazo lleno de lágrimas. Irene estaba temblando. Pero estaba bien. – Irene, mírame, que me mires, mírame…¿cómo estás?- Ahora bien. Nos volvimos a abrazar.

¿Qué se puede querer si todo es horizonte?

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