Relato 2 de la mini-serie. El mat-arte, disimuladamente.

Para el club de topas que se extiende por la faz de la tierra. Juntas somos más. 

Lo que nace del temor y del miedo nunca podrá convertirse en ira. Lo acontecido en la calle 31 con la séptima, no fue un asesinato. Quizá fue algo más. Algunos llegaron a tacharlo de obra de arte profundamente apocalíptica, otros hablaron del regreso de misterios del más allá. Era un purismo absoluto, como una eternidad resumida en un verso. – No entiendo nada, dos asesinatos en tan solo un semana, ¿pero qué clase de broma es esta?-.Era un hombre sentado en una mesa de mimbre con un pincel en la boca, frente a un caballete en blanco y una ventana al lado, con acceso visual a unas vistas para un actual día a día muy comercial. El lugar de los hechos  fue detallado con esmero por una policía muy metódica. Melissa. Y así lo escribió en el informe:

Calle 31 con la séptima. Hotel Affinia Manhattan. Planta 45. Alta, pero no tanto como el resto de edificios. Se ve el Madison Square Garden. Hoy no hay partido de basket. Sí de hockey. Al lado la Penn Station…me apetecen unos pretzels. Un café o un hot dog. Si te fijas puedes ver una esquinita de agua al final de la calle, la tienda de Madamme Bolatelli, B&H, la tienda de tecnolgía judía y algunas tiendas y oficinas. Eso si mirar a la izquierda. A la derecha la calle de la moda, en el suelo han firmado modistos tales como Ford y Smith. Al final Times Square. Debes inclinarte, girarte agacharte un poquito si quieres verlo bien. Derecha e izquierda. Como una costilla de esas que se rompen en dos y pides un deseo. Curioso. Qué buen gusto el tipo este…¡¡maldito!!. 

La mirada perdida, la tez de cristal hubieran dicho los que antes rimaban palabras doradas. – En toda mi carrera había visto nada igual, debo dejar de irme a dormir viendo crímenes imperfectos, me está afectando-.El pelo era un desorden visual armónico, con un color cobrizo. Representaba la muerte de un poeta, un artista en general. Joven.

Llegaron los policías, unos se asombraron tanto, que tuvieron que tragarse todas sus palabras de golpe. Como los días en los que no hay nada que decir. El pobre Jimmy se puso de un color… ¿blanco? Otros no aguantaron y decidieron gritar la inconformidad de su organismo al mundo. La escena era tremendamente sobrecogedora.

El hombre y su naturaleza sobre la madera, un lienzo, sin nada que decir y una ventana que iluminaba la estancia. No era una estatua, tampoco lo parecía, porque sus ojos eran de una belleza vidriosa inusual. De la inmovilidad nacía la vida. Absolutamente.

En el suelo, un hombre. Al descubierto. Totalmente desnudo, pero sin piel. Un forense había dicho en ese momento: Los restos humanos del suelo, pertenecen al hombre (señala) que permanece sentado. (Gracias a Dios, exclamaron algunos presentes). El poeta hubiera dicho: El arte fuera de sí. Pero al detective Tom Stevens se desajustó la chaqueta de cuero negra carbón y exclamó: Alguien quiere contarnos una historia. Verás cuando se lo cuente a Fiona…

Ayer dije: ”Os presentaré o hablaré sobre este veterano más adelante”. A ver, no sé si mis palabras son exactamente esas u otras pero la idea con la que os dejo es clara, ¿no?

Pelo desordenado, lector de Ray Bradbury. Amante de la hija de la hermana de su esposa. Pero…¡eh! No es ninguna chiquilla. Amanda tuvo a Lisa cuando tenía diecisiete años. – Si hubiera habido una serie como las que hay ahora de las de madres adolescentes hubiera sido líder de audiencia…- dijo Amanda un día. Lisa le miró, y se giró hacia Tom divertida. La edad de él tampoco importa. ¿Qué os parece si os digo que podría catalogarse de madurito sexy en la Vogue? Fiona es algo ingenua y… bueno ya os cuento.

Ni si quiera se llamaba Tom. Si no Thomas. Pero quería parecer impactante, recordado…como un crimen. Solía resolverlos eso es la verdad. Era una pasión. Un día se lamentó, por que pensó:- Si mi pasión es descifrar enigmas de los criminales, éstos pueden amar el asesinato, el crimen perfecto, obras de arte, historias…-. Mierda.

Por cierto si os estáis preguntando lo típico. Sí, es un cabrón.

¿Qué culpa tengo de que seas tan fiera…?

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