TRES MARUJAS Y UNA BOLA. PARTE 2 DE 2.

A Paloma, que es como la música, que no sé lo que tiene, que me ayuda a escuchar al mundo aunque no quiera. 

Veréis no es nada habitual ver a tres señoras perfectamente ataviadas de turistas. Quiero decir que no es lo normal, ver a tres viejecitas en medio de la gran manzana, perdidas, sin gafas una, y sin entender los carteles la otra.

Es cus mi, mister, yu nou …güer is …- se puso el papel tan cerca de la cara que casi asustaba- Madamme Bolatelli?-.

– Hablo español señora, no se precupe no más, búsquelo en las guías y verá usted como lo encontrará. (Recomiendo que leáis esto último con el acento de América latina que más os guste, es más interesante).

– Ves como es mejor preguntar en nuestro idioma. VES. Si ya lo decía Franco.

– Qué antigua eres mari

Como esa tarde no habían hecho nada especial salvo visitar todos los museos gratis, pasearse por la city, y hacer un concurso del mejor helado de la ciudad, pues nada. Cogieron la guía y como E es aficionada a Esperanza Gracia, creyeron que era lo mejor. Ir a ver a una adivina. -¡Qué gracioso¡- penso la misma joven ancianita. -Se parece al morenito de al lado de casa, pero este habla más gracioso.

Ca, si en la guía ponía la dirección, pero es que era raro por que eran como dos calles distintas. Algo así como la calle 7 con una t y una hache, y luego ponía con la 31, que no puede ser. O en una o en otra. Mira en España eso es mucho más fácil por que…

Entonces P, que siempre es muy así le mira con una cara de inquisidora, que ni la católica. S sin embargo empieza a mirar a todos lados, y se agarra bien el bolso. Todos sabemos que las abuelas se ponen el bolso al lado del pecho y lo agarran muy fuerte. Y que las manos, esas manos que nos desgarran los mofletes con las uñas pintadas color carne, son un verdadero mecanismo de defensa. Casi tanto como las armas de destrucción masiva. Como las que buscaba Bush. Pero estas son físicamente reales.

El joven se encoje de hombros. Saca su iTouch, que tiene mapa. Se sitúa mira hacia uno y otro lado de la calle, saca un ticket del bolsillo, un boli que tiene en la mochila y les apunta cómo deben ir. Lleva puesto un pantalón vaquero así como desgastado.- Qué vergüenza señor madre mía de mi vida, de mi alma bendita, ven que te lo cosa-. Unas zapatillas enormes blancas con dibujos de graffitis negros como de alguna banda- Qué guarrería lo lavaba con acetona y lo dejaba como los chorros del oro-. Una camiseta roja enorme que parecía la bandera que ondea en Colón los días en los que a alguien se digna a soplar, un pañuelo con los dibujos esos raros que todos tenemos en un cajón de nuestro armario, y una gorra negra- Pero a este muchacho se le ha olvidado quitarle la etiqueta, pobrecito-.

Tras muchas vueltas, un taxista hindú- ¡¡QUE NOS HA ENGAÑAO’ CON EL PRECIO MARUJA, QUE NOS HA TIMAO’, INMIGRANTE!!, y algún trozo de pizza, llegan.

El local tiene una especie de toldo verde con las letras en púrpura. Mi profesora de este año de la uni diría: ”Un verde clorofila fenomenal. fantástico. Qué bonito, ¿no?”. El tono de voz ya es otra cosa. El cartel reza así ”Madamme Bolatelli, ask me”. .

– Venga venga, vamos a entrar.

La puerta es metálica, y el cristal es tintado. Dentro un panorama se extiende ante las tres mujeres. Las paredes llenas de pósteres, estrellas que parecen haber sido recortadas por unas manos infantiles, telas de terciopelo granates con brillos de colores…

Se sientan en las sillas, que contrastan. ¿Qué hacen unas sillas de madera ahí? Como de pueblo…Lo cierto es que son familiares.

Mientras esperaban empezaron a oír una especie de música. Como con tambores o no se qué. Ruido.

Se apagan las luces. Pero huele a humo. Se vuelven a encender. Una mujer…con el pelo larguísimo, rizadísimo, blanquísimo. Con los ojos negros, negrísimos, pintados como los de Cleopatra. No tan geniales como los de la Taylor. Además estaban cerrados.

Io so Bolatelli…- se pasó el dedo índice y el pulgar por la boca, extendiéndose el carmín. Abrió los ojos.

– ¿¿¿¿¿¡¡SOLEDAD!!??????

– Qué pasa Josefa Catalina, te acuerdas de mi, ¿eh? Manolo también se acordaba. Todos los días. Hasta que murió. Hace poco.

Cogió la bola de cristal y hasta que se hartó. Incluyendo así en la decoración de las paredes el color sangre traición.

– Ala, ya nos hemos hecho las americas. – ¡¡AÑOS!! Me he callao’ años sus engaños. Y la gran mentira hoy ¡¡ADIÓS!!.

Tanto P como E le miraban atónitas. Lo realmente importante era… ¿Cómo estaría el marcapasos de P?. ¿Y sobre las cartas del tarot que encontraron entre los dientes de E y su estómago lleno de velas pequeñitas?.

Lo único claro es que S salió sola del local. O al menos eso dice Jimmy el policía que se acaba de incorporar al cuerpo, a Tom, un veterano experto en asesinatos del que hablaremos más adelante. Un par de donuts después seguían mirando las grabaciones de vídeo del restaurante asiático de al lado.

 

Si os he dejado con el maestro, con él me marcho.

 

”Lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rose…”

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