BLOQUE 3 de 3: La generación del 93. ¿Qué queremos ser?

No pude continuar, no por que me embargase la tristeza (bueno creo que mi corazón estaba algo encogido en ese momento), si no por que era mi cabeza la que estaba triste. Después de todo, un día llegué a reflexionar, es con lo que pensamos. El corazón es algo mucho más romántico. Y las cosas románticas no pueden pensar, ni ser pensadas.

– Bueno… ya. Suficiente. A esta edad de cualquier grano hacéis Cumbres borrascosas.

– No me gusta la literatura inglesa.

– Sigue siendo literatura…¿no?Después de todo, en general, esa es la verdadera filosofía.

El teléfono vibró en mi bolsillo del pantalón, me disculpé un momento para ir al servicio, y se quedó en la barra del bar. Cerré la puerta sigilosamente para no dar un portazo, por que la cerveza me había subido algo, y las tonterías mentales que me abrazaban estaban haciendo lo suyo, paralelamente. ¡Estupendo! Ocho mil llamadas perdidas de mi tocalla. Se me había ido el santo al cielo. Por cierto, vaya azulejos cu-tres.

Salí del baño y volví a disculparme. Estaba de un reiterativo yo ese día… era la cuarta vez que iba a examinarme del carné de conducir, pero eso lo contaré en otro momento.

– Me tengo que marchar, ya nos vemos en otro momento y hablamos mejor.

– Estupendo.

Intercambiamos el teléfono, fue algo así como conseguir el número del SOS filológico. No sé si ésto último se entenderá bien.

Salí pitando, se me cayó la chaqueta al suelo, pude golpear sin querer a una señora en el hombro y saludar a mi portero. Tiene parte de escritor hispanoamericano. Sin embargo, éstos reposan sobre las estanterías que se ha construido en la garita mientras nos saluda todas las mañanas con un: – ¡Buenos días!-. Lo cierto es que, aunque no lo sean, parecen algo mejores.

Llego a coger el bus de milagro. Quiero decir, el ascensor. Este tipo de dislexia me ocurre con frecuencia. Y mi vecina, Maricarmen también. Lleva metida en la droga más de lo que puede recordar. Hoy no sé si es uno de ésos días en los que me preguntará por mis estudios, o será de esos en los que emite gruñiditos y palabrotas. Me sorprende con un remix. Me ha pillado arrugando la nariz.

Nos despedimos rápido, total ella vive puerta con puerta. Echamos una pequeña apuesta pactada entre ambas, a ver quién es la más rápida del oeste y mete la llave en la cerradura antes. Creo que ninguna de las dos estamos para trotes, y de repente siento lástima por las cosas tristes de la vida. Así en general.

Mmm..(gruñido) Cuídate.

– Espero que tú… también lo hagas-. Suenan dos portazos. Estamos empatadas.

Me voy a saltar el rollo que es, contar como me peino, me pinto y me maquillo. Como llamo a la muchacha de las llamadas, cómo quedamos, compramos alcohol, pasamos por el bar a por tabaco y quedamos en el metro junto el resto de la tropa para ir a uno de esos garitos que cree reinventarse todos los septiembres. ¡Qué cosas tienen…!

Al llegar a la puerta, todo parece marchar bien. Entramos sin problemas, nos dan la típica consumición-sablazo de bolsillo adolescente . La música es comercial. Ni fu ni fa, por que es lo de siempre. Me agobio por que quiero salir, y quiero salir por que quiero fumar pero nadie quiere, por que no fuman. Salgo a trompicones. No veo bien la salida.

– A ver niñita, si sales sales pero no te quedes a medio camino.

Ya está el subnormal de turno tocándome los cojones. Cuando me di la vuelta, podría haber sido Hulk, el Gigante verde de las latas de maíz o quien hubiera querido ser. Me llevé un bofetón en la cara y le solté acto-reflejo un puñetazo. Quiero apuntar, que yo no hago este tipo de cosas, aunque algunos piensen que soy un poco macarra.  El piercing de la nariz no tiene nada que ver. Y el golpe le resultó una caricia. Estoy segura.

– Como me vuelvas a poner una mano encima, juro que llamo a la policía. Tienes el garito apestado de niñatos del 95. Se os va a caer el pelo. Y mira, el aforo lo tenéis fuera, no dentro.

– Que te largues.

– Desde luego que me voy de esta mierda de sitio.

Me fui indignada, que últimamente está de moda, y me senté sobre un capó, mientras esperaba cruzando los dedos, a que mis amigas leyesen los tres mil whatsapp que les acaba de mandar para que vinieran a rescatarme, y a llevarme a un lugar mejor llamado mis sábanas. ¡Vaya, las cajas de tabaco llevaban razón! Fumar mata. De asco.

Y esto… es lo que choca contra las paredes de mi cabeza.

 

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